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En el silencio de un hospital, tres personas andando con paso rápido llama rápidamente la atención a cualquier atento vigilante, y hoy la suerte les había tocado en forma de Jano, hombre de mediana edad que había pagado un alto precio con el derrumbe de las empresas dot.net, había invertido sus ahorros, su futuro y su familia; perdiéndolo todo, a pesar de ello, realizaba su trabajo de vigilante como había hecho su contabilidad, con concentración absoluta, con rigor, implacable ante los decimales que bailaban en el PyG… y a los que buscaban salir del hospital a deshoras.

Encendiendo su linterna, sale al pasillo, en busca de decimales sueltos, los oye cuchichear tras una puerta, la abre y tan sólo ve las escalera de emergencia; más abajo se oye a uno de los decimales reirse por lo bajo, risa nerviosa, sabe que el contador le persigue. Lápiz y goma en mano, comienza a bajar las escaleras de dos en dos, sin importarle el ruido.

Uno de los decimales apremia a los otros, otro le responde “que nuestro pasado no nos coja”, “eso es” piensa el contable “yo os voy a dar un buen activo” mientras empieza a bajar las escaleras de tres en tres, en uno de los giros se resbala y choca contra la pared… la cabeza le arde y pierde la fuerza en sus piernas “no, no, no se pueden escapar, el balance tiene que estar equilibrado” y sale a trompicones por la puerta, gira a la derecha y ve como los tres decimales se van perdiendo “no lo puedo permitir”, agarra su goma y la dispara.

PAM

Algo silba cerca de su oído, ve como Kerthin se tropieza, le agarra para levantarlo pero el peso le deja sin aliento. Se para, se gira y ve al anciano lanzar un terrible grito al vigilante, éste se evapora… o eso cree Noah que ve todo a cámara lenta, sin sonido; baja la vista y alrededor de Kerthin empieza a notar un aura roja, levanta la vista y el anciano le mira triste.

¡Un hilo que no podrá iniciar la búsqueda! – murmura el anciano.

Sin darle tiempo a ubicarse, salen a la calle y a una velocidad imposible para su mente ralentizada llegan al parque.

El anciano le mira a los ojos.

Noah vuelve.

El anciano otea el horizonte, algo le disturba.

Noah, piensa, razona.

Una luz brillante se enciende en los ojos del anciano.

Desaparece.

Noah cae al suelo.

El ominoso silencio de un hospital de noche, pasillos vacíos, con poca iluminación para favorecer el sueño de quienes pacen en él, y para permitir entrever formas que terminaron allí sus días y que siguen vagando por pasillos que ya ni existen.

Por una esquina aparecen Noah y Kerthin, la confianza y la preocupación mano a mano, la aventura y la desconfianza van dando pasos al mismo ritmo, directos a la habitación de un anciano que les atrae como a las polillas la luz.

Cuatro horas antes se habían vuelto a cruzar en el parque.

– ¡Hola extraño de vida distraída!

– Eh!… hola, hola ¿Noah?

– Así es, Kerthin – le responde encendiendose un cigarrillo con un mechero que apenas lanza una tenue llama.

-¿Sigues coleccionando momentos?

– Si, y tengo uno que quiero compartir contigo.

Mientras caminan por el pasillo, no dejaba de mirar a Noah e intentar ver qué era lo que le había convencido para formar parte de una operación de búsqueda y rescate de un anciano que tan sólo conocía de verle todo el día sentado en el mismo banco.

– ¿Qué tal tú vida, Kerthin?

– No me puedo quejar.

– Eso no es lo que dicen tus ojos – le responde Noah – tus ojos dicen que estás con ganas de mandarlo todo a la mierda y hacer alguna locura.

– Mis ojos siempre han sido un poco inconscientes, por suerte no les suelo hacer caso a menudo.

– En ese caso, lo que te voy a contar es sólo para tus ojos. Porque sólo ellos verán que en la locura de excarcelar a un anciano de una cama de hospital, está la libertad del alma.

No dejaba de asombrarse por su nuevo compañero, Kerthin parecía no querer estar allí pero era él quién le guiaba por los pasillos menos concurridos. Lo había convencido en apenas 15 minutos, sin embargo miraba más hacía atrás que hacía delante. En eso se parecían, ambos huían de su pasado, aunque no siempre corrían más.

Antes de que tres hilos del amplio telar que es el destino comenzaran a entrelazarse para confeccionar un instante retratado en el tapiz de la vida, los hilos seguían su propio recorrido, creando otros motivos del tapiz; algunos llevaban tanto tiempo en el tapiz que su color cada vez era más pálido, menos llamativo, pero igual de fuerte y constante en la búsqueda de su destino.

Siendo un hilo joven había buscado con ansias la utopía, una vida plena repleta de amor y aventuras, en la que se conjugaban en armonía las experiencias vitales más intensas e inesperadas con el amor sin límite de quien te entrega parte de su corazón, dos hilos mezclándose con hilos, muchos hilos, tantos hilos, que pretendían crear un tapiz radicalmente distinto a los hilos que le habían precedido y que iba a cambiar el tapiz, la manera de tejer y hasta el propio telar.

Los años pasaron y el telar siguió tejiendo a su manera, muchos de aquellos hilos se acomodaron, se plegaron al telar y se dejaron tejer en el tapiz que habían nacido y vivido. ¡Él no! Mientras tuviera a su lado a hilos con los que entrelazarse, seguiría buscando el borde del tapiz, incluso cuando ella se dejó llevar por la corriente de hilos.

Siempre supo que su manera de enhebrar por sí misma, no iba a resplandecer ante todo aquel que contemplara el tapiz; pero siempre tuvo muy en cuenta que él sí vería la diferencia, la disonancia causada, apenas perceptible para el ojo humano, salvo quizá para otros hilos con ese ojo especial de quién ve más allá de lo físico, salvo quizás otros hilos que aún recorren el camino a utopía.

Y acaba de encontrar a uno de esos hilos.

Ese hilo acaba de salir por la puerta.

Y le había prometido volver a por él.

De vuelta al tapiz.

Una nueva oportunidad para crear disonancias.

Por su mente se cruzaron recuerdos de un hilo perdido en el telar, fue fugaz.

Se terminó la espera.

Estén atentos a sus emails y redes sociales…!

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In and Out

Lo extraño de los hospitales es que el flujo de entrada y salida de gente es impredecible.

Una habitación y dos extraños postrados en paralelo. Una figura desconocida, joven y desaliñada contrasta con las redondas formas y los pliegues de majestuosa edad que emanan una cierta tristeza proveniente de la figura de un anciano encerrado en su propio cuerpo que no siempre funciona.

Los parpados se abren poco a poco y en un breve lapso de tiempo tan solo las dudas copan una desbordada mente, los bocados de realidad de los primeros segundos de consciencia no ayudan a entender. ¡Y qué difícil es reaccionar cuando no entiendes!

Una habitación, dos camas, una máquina, un dial, el aspecto a ratos lúgubre a ratos enfermizo, las cortinas y un botón del pánico… todo apuntaba a que aquello era una habitación de hospital pero, ¿cómo había terminado allí? ¿Y porque su cuerpo reclamaba mayor atención de la habitual? Había cosas que se le escapaban aún y así no podía librarse de su habitual tendencia a la prudencia. Una escena de pánico atraería demasiada atención y posiblemente más preguntas de las que era capaz de responder. Así que decidió optar por la opción del sigilo.

Abrir los ojos, acostumbrarse a la nueva luz, ¿cuánto tiempo habría pasado inconsciente?, análisis de la realidad, observación y sobre todo deducción. Mucha deducción. ¿Por qué no conseguía recordar? Aprovechando los primeros momentos de consciencia se dedicó un rato para un ejercicio de escuchar a su cuerpo… había dolor, sí, pero no era extremo. Posiblemente lo había sido pero había pasado, o a lo mejor estaba por llegar, el duro momento de tratar de moverse podría resultar peor de lo inicialmente esperado.

Unos primeros movimientos de los brazos le darían las primeras pistas: un brazo vendado indicaba una lesión menor o una herida, por lo tanto no había mucho de lo que preocuparse y el otro no parecía tener demasiado. Sin vendaje, tan sólo parecía reconocer algunos rasguños y heridas menores que cicatrizaron al aire.

Un vial le daba pistas de su pasado: suero o medicación. Lo cual podría marcar la diferencia entre inconsciencia o algún problema de mayor envergadura. Optó por ir movilizando poco a poco distintas partes de su cuerpo para comprobar el estado de cada uno de los sistemas que debieran estar en uso.

–       Lo bueno de los anti eróticos camisones de hospital es que te permiten revisar si todo está en orden y en su sitio…

Un escalofrío recorre su nuca. Ahora deberá responder a preguntas para las que no tiene respuesta…

–       Ciertamente. Así de manera superficial parece que todo está en orden.

–       ¿Y bien?

–       Biennnn… antes de que esto se convierta en una situación aún más incomoda… ¿me podrías actualizar acerca de lo que sabes?

–       Jajajajaja veo que tienes aún más preguntas que yo… ¡que divertido!

No sabía por qué, pero aquella risa le reconfortaba. Le transmitía confianza.

–       La verdad que sí, no me vendría mal que me echasen un cable – trataba de incorporarse – Así a lo mejor todo empieza a cobrar algo más de sentido…

–       Pues como te estarás dando cuenta ahora que tratas de moverte, tu estado de inconsciencia se debe a una conmoción y golpe en la cabeza.

–       ¡Dios! Tienes razón – el mareo y el malestar de su cabeza fue en aumento según se incorporaba de su posición horizontal a un intento de sentarse en la cama, mientras emitía un sonido difícilmente descriptible – mi cabeza no parece estar en su sitio… aunque mi intuición me dice que ese es su estado natural.

–       Jajajajajaja ¡el mundo hospitalario te da la bienvenida! ¿O acaso pensaba que estabas aquí de vacaciones?

–       Verdaderamente, ni lo había pensado… aunque supongo que era lo que esperaba, que no fuese para tanto.

–       Nada de qué preocuparse. Tu pronóstico no era grave. Te sacaron de un coche accidentado, no me dieron más detalles ni me dejaron preguntar en exceso. De tus pertenencias obtuvieron que te llamas Nora o algo así… estos nombre exóticos son tan difíciles de recordar…

–       Noah, mi nombre es Noah… mmmm, empiezo a recordar… es más ambiguo que todo eso.

–       ¿No te acordabas de nada?

–       La verdad… diría que tengo… lagunas. Pero según me cuentas cosas parece que algo hace click ahí arriba. La azotea está un tanto desordenada pero según parece no es irreversible.

–       Pues más te vale ordenarte rápido. Ha pasado un montón de gente por aquí últimamente.

–       Eso explica mis ganas de salir corriendo. Bueno eso y el pequeño detalle de los médicos y este tipos de cosas…. Y un cierto mono por fumar, he de reconocer, y tengo demasiadas incógnitas como para hacer la macarrada aquí mismo. Por cierto ¿dónde están mis…? – mira alrededor y ve una caja con el logo y el nombre del hospital que toma para curiosear – Aquí, supongo… aunque no sé si esta todo.

–       Date algo de tiempo… creo que te va a hacer falta.

–       Me da que es algo de lo que no dispongo.

Hace ademán de levantarse de la cama y el primer mareo planta a Noah en una posición cuando menos ridícula.

–       Jajajaja, ¿dónde vas? ¡Fitipaldi!

Sonríe.

–       jajajaja la verdad que se te ve muy animado para estar en una cama de hospital.

–       Nunca hay que perder el humor, es fuente de salud. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pero cuando te vas volviendo sabio tienes que pasar más a menudo por el taller para una inspección de mantenimiento.

–       Voy a intentar hace una incursión al baño…

–       ¡Suerte!

Tras quince minutos de mareos, sujetarse en cualquier tipo de infraestructura más o menos estable que estuviese al alcance ya parecía recuperar la verticalidad.

–       Bueno, parece que esto ya va mejor.

–       No cantes victoria. Necesitabas ponerte en pie y caminar pero aun te falta un tiempillo antes de salir volando. Tienes pinta de ser un pájaro difícil de enjaular.

–       Si, yo también lo creo.

Revisa la caja y descubre lo bien pensada que está su mochila. Tiene todo lo que necesita. Al menos para cubrir sus primeras necesidades: una ducha de agua caliente que le devuelva su flequillo a su estado natural. Coge los bártulos y se dispone a encaminarse hacia la ducha cuando otro mareo le sorprende. Se apoya en la cama. Resopla.

–       Bueno, al menos ya no me cogen de sorpresa

–       Aprovecha para descansar e ir controlando la situación. No te preocupes, acaban de llevarse el desayuno hace nada y es domingo, tenemos tiempo para que te sitúes y sobrellevar el aburrimiento antes de que nadie se pase por aquí y descubra que te has despertado. Salvo que venga alguien en busca de respuestas.

–       Supongo que me lo puedo permitir. Supongo que debo. Pero… ¿por qué…?

–       Y… ¿por qué no? Yo no tengo nada que perder… soy anciano, curioso y me fío de mi instinto… y a parte de todo lo positivo que parece… ya llego a un punto en que a ratos necesito apoyos. Y tú lo puedes ser… Sí, creo que lo serás. ¿Eres persona de palabra?

–       Sí. Aunque las palabras tienen fama de comportarse como cometas sin cuerda, yo puedo firmar de viva voz. Creo en el honor.

–       Eso me parecía – sonríe.

–       Y si yo salgo de aquí, te voy a llevar conmigo. No veo que tengas necesidad de estar aquí – dijo mientras soltaba el vial de su brazo que ya empezaba a ser un auténtico coñazo.

–       Habló el médico sin memoria. Yo saldré de aquí cuando sea el momento.

–       Y en ese momento yo estaré aquí para sacarte.

–       Te olvidas de que esto no es una cárcel. Con un alta médica poco mérito tendría tu ayuda.

–       Pero… ¿qué emoción tendría eso? – le guiña un ojo al anciano…

Y el anciano sonríe.

Con mucha más soltura ya comienza a desenvolverse con bastante autonomía por la habitación, aunque los mareos aún no le han dado la exención y, por tanto, aún tiene que hacer alguna que otra parada, cada vez menos frecuentas, para hacer frente a las arremetidas contra su oído.

–       Tu desarrollo en estas pocas horas está siendo increíble. Creo que ya te puedo dejar ir a la ducha.

–       Jajajajajaja, que manera más políticamente correcta de decir que huelo mal.

–       Bueno… es lo que tiene esto. Servicio de habitaciones 24h y un ambiente que apesta a enfermo y a veces a algo peor. Pero he de reconocer que en tu caso podría ser peor, no llevas tanto tiempo… jajajajajaja

La reparadora ducha le ha permitido recargar las pilas. Volverse a ver en sus habituales ropajes, por llamarlos de alguna manera, reconforta pero aún le falta algo. Sale del cuarto de baño completamente sonriente y el anciano le lanza desde su cama un objeto.

–       ¡Eh! Sin agredir

–       Calla y come. Te va a hacer falta y no dispones de mucho tiempo, de aquí a un rato empezarán a repartir de nuevo la comida. Y tu tiempo de asilo habrá terminado. Siempre guardo algo de comida, nunca se sabe si va a ser necesaria.

–       Eh… oh… ¡¡gracias!!

–       Bien… ¿te ves con fuerzas?

–       Siempre y ya se me empieza a quedar pequeño esto.

–       Perfecto. Escóndete en el baño y cuando llegue el momento sabrás que hacer. El resto déjamelo a mí. Eso si corre la cortina de tu cama.

Dicho y hecho. Cuando se disponía a meterse en el baño sin tener ni idea de cómo iba a salir de ahí, el anciano le extendió su mano con una tarjeta. Era la tarjeta de un hostal.

–       Te cuidarán bien. Y no llamarás la atención. Y en cuatro días ven a por mí, con alta o sin ella yo me piro.

–       Perfecto. No te dejaré aquí. Tienes mi palabra – hace una pequeña pausa y sonríe – ¡un elefante jamás olvida!

Se mete al cuarto de baño, impaciente. Sin saber muy bien qué hacer cuando de repente escucha un timbre. Es el aviso para el personal médico. El anciano ha presionado el botón rojo. Se tensa y una sensación como de sudor frío le recorre todo el cuerpo, salvo porque no suda. Escucha pasos… cada vez más cerca. Suena la puerta como si alguien hubiera agarrado la manilla y se hubiera quedado ahí esperando a algo.

–       Jijiji, este pobre. Ya no sabe cómo llamar la atención. Claro, como el otro paciente no habla…

En ese momento, algo hace click en su cabeza. No sabe el qué. Pero tiene que irse. Punto. La puerta se abre del todo y los pasos se aceleran, dos juegos de pasos dan la pista de que más de una persona han venido a atender al anciano. Sigilosamente abre la puerta del baño poco a poco. Y ve a dos enfermeras examinando al anciano que está semiinconsciente sobre la cama. Da un paso al pequeño pasillo que le abre el camino hacia su libertad. Mira hacia atrás. El anciano yace con la boca abierta y una gota de babilla colgando de la misma. El pánico hace su aparición en escena. Pero un guiño furtivo del anciano entre los brazos de las enfermeras da la pista. Sonríe. Aprovecha que la puerta esta abierta y se escurre hacia el pasillo de la libertad. El resto es cuestión de sus dotes teatrales. Ya está fuera.

Lo extraño de los hospitales es que el flujo de entrada y salida de gente es impredecible.

Imagen: Hospital de deathtiny42 @ flickr

Café frío - Iñigo Icaza

Tres horas después, decide tirar el resto del café por el fregadero y no ir a correr, un poco tarde para correr de mañana. Sin embargo siente la necesidad de ir a la calle y pasear, reflexionar, perderse en la espesura de la selva e iniciar un viaje a través de su mente y renacer al salir del bosque como un nuevo ser. Es lo que siente, es lo que cree necesitar; pero totalmente convencido que la vida es una evolución constante y no una revolución.

Jenny tenía razón al decirle que tenía tomada ya la decisión, que en su mente había configurado, como si fuera una máquina, cómo iba a ser el final y estaba a la espera del detonante. El cual había sido claramente la reunión con los altos mandos y, especialmente, su conversación con Jon.

Sin embargo, no había pensado en ese siguiente paso, quizás contará como tal la meditación respecto a continuar o no con el ciclo, una posible vuelta al pueblo y llevar una vida sosegada, o seguir viviendo en la megaurbe con su experiencia adquirida tenía mucho que ofrecer; o quizás buscar nuevos retos en cualquier otro lugar.

En ese momento, suena el teléfono, un número desconocido.

–          ¿Dígame?

–          Hola Kerthin – se oye desde el otro lado de la línea – soy Jon, me acabo de enterar que has dejado la Firma ¿Te apetece tomar un café conmigo y celebrar nuestra nueva vida?.

–          Eeehhhh… bien, yo aún no sé qué es esa nueva vida, pero por mi bien – le responde.

–          ¡Perfecto! Y hablamos de esa tu esquiva nueva vida.


Sentado en la terraza con un café le espera Jon, se saludan y Kerthin pide otro café, los malos hábitos se cogen en el trabajo y no se dejan nunca.

Tras mucha charla intrascendente, de esta que mantienes para tantear a la otra persona, por fin Jon saca el tema del futuro.

–          Tras hablar con mi familia – empieza Jon – me han permitido que siga unos años más en activo y, en cierta manera, devuelva algo a la sociedad que le he quitado en la empresa anterior.

A partir de ese momento, le explica qué quiere abrir una nueva empresa de consultoría de personas, y la llama así porque aunque el mercado sean empresas y sus problemas de negocio, quiere que el enfoque principal sean las personas, todas aquellas que la compongan, le habla con determinación de horarios ininterrumpidos que permitan a las personas compaginar su vida personal y profesional, de la búsqueda de la implicación a través de la satisfacción y no de la adhesión a una bandera, etc.

–          Y Kerthin, quiero que tú seas mi mano derecha en este proyecto – finaliza Jon – para mi va a ser un proyecto temporal, tres ó cinco años para construirlo y ponerlo en marcha y a partir de entonces alguien con quién comparta una visión tendría que hacer cargo, y ese alguien eres tú.

Kerthin, se le queda mirando fijamente a los ojos, en ellos ve sinceridad y ciertas ganas de quitarse esa espina clavada, incluso cierta culpabilidad por haber alentado un modelo que ahora ve anticuado y poco propicio para el desarrollo personal.

–          Esta consultora tendría como parte de su ADN la filosofía KISS, ya sabes, Keep It Simple and Smart – reflexiona Kerthin –  además no debería de caer en la trampa del crecimiento continuo como objetivo vital, sino en la consecución de un tamaño que permitiera ser una empresa flexible y ágil, con personas con experiencia…

–          Creo que la última sigla significaba otra cosa – le responde Jon – pero…. ¡ves! Por eso tú eres la persona adecuada, con mi pequeña charla te basta para que tú mente se ponga a trabajar y estoy seguro que ya tienes una posible estrategia, una dirección clara y hasta la tipología de personas a contratar.

–          Bueno, si alguna vez me has oído hablar de mi teoría de los Patriotas y Mercenarios es posible que tú también la conozcas.

–          Sí, bueno, que sepas que por esa teoría estuviste a punto de irte a la calle – le comenta Jon – al menos, cierto jefe tuyo presionó para que así fuera, por no ondear la bandera de la firma con orgullo.

–          Lo sé, lo sé… fue bastante evidente lo que intentó.

Vuelven a quedarse en silencio varios minutos.

–          No me tienes que dar ahora una respuesta, Kerthin. Te esperaré el tiempo que sea necesario, mientras pienso hacer mucho ejercicio y mucha vida familiar así que tampoco corre prisa.

–          Gracias Jon, obviamente me estás ofreciendo una posibilidad única en mi vida. Y la verdad es que poco hay que pensar al respecto…

–          Si hay mucho que pensar – le corta Jon – no sólo es un proyecto puntual, esta decisión va a implicar una elección en el camino de la vida… una elección que te va a hacer estar jugando siempre en la cuerda floja y que te puede hacer caer fácilmente, como me pasó a mí, en el Camino a Ambición. ¡Piénsatelo bien!

Se levanta, se estrechan la mano y se marcha. Kerthin se queda de nuevo parado durante varias horas, el café se le vuelve a quedar frío.

 

 

¡STOP!

Poco a poco, la furgoneta azul va acercándose a un destartalado peaje que parece salido de ninguna parte. En la cabeza, infinidad de pájaros y de probabilidades, de árboles de conversaciones para una mente excesivamente consecuencialista y un gran interrogante para quien comienza a sentir que el otoño de la vida le está dando sus primeros coletazos.

El último kilómetro se ralentiza hasta términos insospechados y todos los tramos anteriores parecen revivirse en slow motion, lo que para uno dura toda su adolescencia, juventud y gran parte de su madurez (quien sabe si rematada con un poco de senilidad) es para su fortuita compañía un laberinto, a ratos inconexo, de caras, encuentros, lugares y sobre todo horas… muchas horas de viaje… y un conejo blanco que tiene más de escapista que de broma de buen gusto.

Una revisión en cuestión de segundos que no viene derivada de ningún tipo de psicotrópico amazónico ni de una parada cardíaca total de varios segundos. Tan sólo una réplica natural del mismo cóctel de sustancias químicas es suficiente para provocar el mismo efecto aunque en este caso, el mismo venga derivado de dejar macerar la dosis suficiente y necesaria de adrenalina y miedo durante el paso de las horas y los kilómetros que llevan a formar una familia atípica, no de sangre, sino de connivencia.

El peaje no tiene mucho, un container industrial que hace las veces de oficina con unos recortes en los laterales y unas ventanas e interior adaptados para darle un mínimo de comodidad a sus aburridos trabajadores, un par de vallas de obra que obligan a dar una curva lo suficientemente cerrada a cualquier conductor como para que tenga que reducir la velocidad hasta un límite que evite embestidas kamikazes y una vieja barrera metálica de sección circular que, al menos en teoría, debería ser capaz de contener a cualquier vehículo medio de los que transitarían una carretera comarcal sin asfaltar.

Al menos, en teoría.

[…]

El vehículo fue decelerando con tranquilidad, suavemente. Como siempre lo había hecho cada vez que pasaba por allá. Ya eran conocidos tanto la furgoneta, característica dado el unívoco conjunto de sonidos que la acompañaban, como el propio conductor que hacía ya mucho años que periódicamente realizaba el mismo recorrido unas cuantas veces al mes.

Pero esta vez algo difería, algo no encajaba. En lugar de la ya recurrente e histórica silueta, otra figura se erguía en el asiento del acompañante y según avanzaba suavemente atravesando la chicane compuesta por las dos vallas de obra, se podía comprobar ya dentro de la garita, cómo el trajín era mayor de lo habitual. Había más movimiento del acostumbrado, se comprobaba por medio de las cabezas que se asomaban con curiosidad por las ventanas de la garita para escudriñar quién era la misteriosa presencia y aunque esto no hubiera sorprendido a ningún ajeno dados los escasos recursos materiales y humanos destinados en la polvorienta senda, esto no pasaba desapercibido para quien llevaba ya muchos años realizando el mismo ritual.

Pero tampoco fue el único gesto distinto de aquel día. Mientras todos, es decir, los pocos agentes destinados, se iban preparando para una inspección rutinaria, un solo gesto marcaría el incierto devenir y el resultado final de una ruta comercial marcada por la improvisación: un pinchazo nada más salir del poblado, parada técnica para socorrer en un accidente, la inesperada presencia de una persona al borde de la carretera, una improvisada compañía, una conversación reveladora acerca de la realidad que se mostraba ante sus narices y un plan para salir de la rutina.

Y fue entonces, al salir del bloqueo impuesto por las dos vallas, cuando la pick-up frenó en seco.

En ese momento, todo el miedo y la adrenalina se fundieron, provocando un instante infinitesimal interminable que catalizó todo lo anterior en la tranquilidad más pura que jamás haya existido. Y en ese preciso momento fue cuando el conductor y Noah, cruzaron una mirada que transmitía mucho más de lo que cualquier diccionario pueda definir.

Fue entonces cuando los agentes, extrañados, comenzaron a avanzar poco a poco hacia el coche, haciendo gestos para comprobar si todo iba bien en el carro de aquel viejo conocido.

– Supongo que no todo sale siempre como a uno le gustaría – lanzó al aire el conductor volviendo a sujetar el volante con ambas manos por primera vez tras haber detenido el coche repentinamente.

–  Las cosas salen y suceden sin más. Tan sólo sus consecuencias nos gustan o dejan de gustar – dice soplándose el flequillo hacia arriba mientras apura la última calada del cigarro.

– Acuérdate de todo lo hablado. No olvides sobre todo aquello de “nunca te fíes…”

– Si, lo sé – le interrumpe. Saca el brazo por la ventanilla y deja caer el cigarro casi consumido por completo que porta entre los dedos.

Y en otro instante que duró una eternidad, el cigarro cayó desde los dedos al suelo girando sobre sí mismo y siguiendo una trayectoria en línea recta durante los escasos dos metros que separaban la mano del polvo. Y en ese mismo instante, ambos asintieron.

El conductor, mirando al frente, pisa el acelerador hasta el fondo de su recorrido revolucionando el coche casi hasta su límite mecánico, bastante mermado dada la longevidad del vehículo. La palanca de cambios, en décimas de segundo, salta a su primera posición provocando que el coche se comience a precipitar vertiginosamente hacia el frente. Segunda. La barrera roja y blanca se ve cada vez más cercana. La furgoneta alcanza una velocidad más que considerable. Tercera. Los agentes comienzan a correr y a desenfundar sus armas. Están a medio camino de la barrera. Cuarta. Un agente sale en volandas debido a su necio desdén por las leyes de la física y ser arrollado por la pick-up al permanecer en mitad de su trayecto. Quinta. La barrera, pese a su aparente robustez, se parte por su tramo más oxidado al ser impactada por la furgoneta. Se escucha cómo alguien coge aire de manera profunda. El vehículo se despega del suelo al atravesar un resalto de control de velocidad. La furgoneta aterriza, sale del peaje y se precipita sobre la curva a la izquierda que da entrada a una mala carretera de asfalto.

– ¡BANG! – Se escucha un fuerte disparo seguido de una explosión.

Y en un momento, el mundo se deforma: todo lo que está arriba, pasa a estar debajo de manera alternativa, la sangre se concentra en la cabeza, el cinturón de seguridad se tensa y todo es estruendo, ruido y caos.

Y después… la oscuridad absoluta.

[…]

Noah abre los ojos. No sabe donde se encuentra y su primer impulso es incorporarse a toda velocidad para ver qué ha sucedido. Pero su esfuerzo se traduce en un dolor agudo en todas partes de su cuerpo y a la vez y en ninguna y vuelve a caer a su originaria posición horizontal, donde, entre lágrimas de dolor, tan sólo llega a vislumbrar a un anciano postrado en otra cama azul, tapado con una sábana blanca hasta la altura de su pecho y acompañado de una máquina que acaba de pitar.

Y después… la oscuridad absoluta.

[…]

Referencias:

– “Cadillac 57” por Iñigo Icaza

– “Truck Stop” por Noel Kerns