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Archive for the ‘Noah’ Category

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En el silencio de un hospital, tres personas andando con paso rápido llama rápidamente la atención a cualquier atento vigilante, y hoy la suerte les había tocado en forma de Jano, hombre de mediana edad que había pagado un alto precio con el derrumbe de las empresas dot.net, había invertido sus ahorros, su futuro y su familia; perdiéndolo todo, a pesar de ello, realizaba su trabajo de vigilante como había hecho su contabilidad, con concentración absoluta, con rigor, implacable ante los decimales que bailaban en el PyG… y a los que buscaban salir del hospital a deshoras.

Encendiendo su linterna, sale al pasillo, en busca de decimales sueltos, los oye cuchichear tras una puerta, la abre y tan sólo ve las escalera de emergencia; más abajo se oye a uno de los decimales reirse por lo bajo, risa nerviosa, sabe que el contador le persigue. Lápiz y goma en mano, comienza a bajar las escaleras de dos en dos, sin importarle el ruido.

Uno de los decimales apremia a los otros, otro le responde “que nuestro pasado no nos coja”, “eso es” piensa el contable “yo os voy a dar un buen activo” mientras empieza a bajar las escaleras de tres en tres, en uno de los giros se resbala y choca contra la pared… la cabeza le arde y pierde la fuerza en sus piernas “no, no, no se pueden escapar, el balance tiene que estar equilibrado” y sale a trompicones por la puerta, gira a la derecha y ve como los tres decimales se van perdiendo “no lo puedo permitir”, agarra su goma y la dispara.

PAM

Algo silba cerca de su oído, ve como Kerthin se tropieza, le agarra para levantarlo pero el peso le deja sin aliento. Se para, se gira y ve al anciano lanzar un terrible grito al vigilante, éste se evapora… o eso cree Noah que ve todo a cámara lenta, sin sonido; baja la vista y alrededor de Kerthin empieza a notar un aura roja, levanta la vista y el anciano le mira triste.

¡Un hilo que no podrá iniciar la búsqueda! – murmura el anciano.

Sin darle tiempo a ubicarse, salen a la calle y a una velocidad imposible para su mente ralentizada llegan al parque.

El anciano le mira a los ojos.

Noah vuelve.

El anciano otea el horizonte, algo le disturba.

Noah, piensa, razona.

Una luz brillante se enciende en los ojos del anciano.

Desaparece.

Noah cae al suelo.

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El ominoso silencio de un hospital de noche, pasillos vacíos, con poca iluminación para favorecer el sueño de quienes pacen en él, y para permitir entrever formas que terminaron allí sus días y que siguen vagando por pasillos que ya ni existen.

Por una esquina aparecen Noah y Kerthin, la confianza y la preocupación mano a mano, la aventura y la desconfianza van dando pasos al mismo ritmo, directos a la habitación de un anciano que les atrae como a las polillas la luz.

Cuatro horas antes se habían vuelto a cruzar en el parque.

– ¡Hola extraño de vida distraída!

– Eh!… hola, hola ¿Noah?

– Así es, Kerthin – le responde encendiendose un cigarrillo con un mechero que apenas lanza una tenue llama.

-¿Sigues coleccionando momentos?

– Si, y tengo uno que quiero compartir contigo.

Mientras caminan por el pasillo, no dejaba de mirar a Noah e intentar ver qué era lo que le había convencido para formar parte de una operación de búsqueda y rescate de un anciano que tan sólo conocía de verle todo el día sentado en el mismo banco.

– ¿Qué tal tú vida, Kerthin?

– No me puedo quejar.

– Eso no es lo que dicen tus ojos – le responde Noah – tus ojos dicen que estás con ganas de mandarlo todo a la mierda y hacer alguna locura.

– Mis ojos siempre han sido un poco inconscientes, por suerte no les suelo hacer caso a menudo.

– En ese caso, lo que te voy a contar es sólo para tus ojos. Porque sólo ellos verán que en la locura de excarcelar a un anciano de una cama de hospital, está la libertad del alma.

No dejaba de asombrarse por su nuevo compañero, Kerthin parecía no querer estar allí pero era él quién le guiaba por los pasillos menos concurridos. Lo había convencido en apenas 15 minutos, sin embargo miraba más hacía atrás que hacía delante. En eso se parecían, ambos huían de su pasado, aunque no siempre corrían más.

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In and Out

Lo extraño de los hospitales es que el flujo de entrada y salida de gente es impredecible.

Una habitación y dos extraños postrados en paralelo. Una figura desconocida, joven y desaliñada contrasta con las redondas formas y los pliegues de majestuosa edad que emanan una cierta tristeza proveniente de la figura de un anciano encerrado en su propio cuerpo que no siempre funciona.

Los parpados se abren poco a poco y en un breve lapso de tiempo tan solo las dudas copan una desbordada mente, los bocados de realidad de los primeros segundos de consciencia no ayudan a entender. ¡Y qué difícil es reaccionar cuando no entiendes!

Una habitación, dos camas, una máquina, un dial, el aspecto a ratos lúgubre a ratos enfermizo, las cortinas y un botón del pánico… todo apuntaba a que aquello era una habitación de hospital pero, ¿cómo había terminado allí? ¿Y porque su cuerpo reclamaba mayor atención de la habitual? Había cosas que se le escapaban aún y así no podía librarse de su habitual tendencia a la prudencia. Una escena de pánico atraería demasiada atención y posiblemente más preguntas de las que era capaz de responder. Así que decidió optar por la opción del sigilo.

Abrir los ojos, acostumbrarse a la nueva luz, ¿cuánto tiempo habría pasado inconsciente?, análisis de la realidad, observación y sobre todo deducción. Mucha deducción. ¿Por qué no conseguía recordar? Aprovechando los primeros momentos de consciencia se dedicó un rato para un ejercicio de escuchar a su cuerpo… había dolor, sí, pero no era extremo. Posiblemente lo había sido pero había pasado, o a lo mejor estaba por llegar, el duro momento de tratar de moverse podría resultar peor de lo inicialmente esperado.

Unos primeros movimientos de los brazos le darían las primeras pistas: un brazo vendado indicaba una lesión menor o una herida, por lo tanto no había mucho de lo que preocuparse y el otro no parecía tener demasiado. Sin vendaje, tan sólo parecía reconocer algunos rasguños y heridas menores que cicatrizaron al aire.

Un vial le daba pistas de su pasado: suero o medicación. Lo cual podría marcar la diferencia entre inconsciencia o algún problema de mayor envergadura. Optó por ir movilizando poco a poco distintas partes de su cuerpo para comprobar el estado de cada uno de los sistemas que debieran estar en uso.

–       Lo bueno de los anti eróticos camisones de hospital es que te permiten revisar si todo está en orden y en su sitio…

Un escalofrío recorre su nuca. Ahora deberá responder a preguntas para las que no tiene respuesta…

–       Ciertamente. Así de manera superficial parece que todo está en orden.

–       ¿Y bien?

–       Biennnn… antes de que esto se convierta en una situación aún más incomoda… ¿me podrías actualizar acerca de lo que sabes?

–       Jajajajaja veo que tienes aún más preguntas que yo… ¡que divertido!

No sabía por qué, pero aquella risa le reconfortaba. Le transmitía confianza.

–       La verdad que sí, no me vendría mal que me echasen un cable – trataba de incorporarse – Así a lo mejor todo empieza a cobrar algo más de sentido…

–       Pues como te estarás dando cuenta ahora que tratas de moverte, tu estado de inconsciencia se debe a una conmoción y golpe en la cabeza.

–       ¡Dios! Tienes razón – el mareo y el malestar de su cabeza fue en aumento según se incorporaba de su posición horizontal a un intento de sentarse en la cama, mientras emitía un sonido difícilmente descriptible – mi cabeza no parece estar en su sitio… aunque mi intuición me dice que ese es su estado natural.

–       Jajajajajaja ¡el mundo hospitalario te da la bienvenida! ¿O acaso pensaba que estabas aquí de vacaciones?

–       Verdaderamente, ni lo había pensado… aunque supongo que era lo que esperaba, que no fuese para tanto.

–       Nada de qué preocuparse. Tu pronóstico no era grave. Te sacaron de un coche accidentado, no me dieron más detalles ni me dejaron preguntar en exceso. De tus pertenencias obtuvieron que te llamas Nora o algo así… estos nombre exóticos son tan difíciles de recordar…

–       Noah, mi nombre es Noah… mmmm, empiezo a recordar… es más ambiguo que todo eso.

–       ¿No te acordabas de nada?

–       La verdad… diría que tengo… lagunas. Pero según me cuentas cosas parece que algo hace click ahí arriba. La azotea está un tanto desordenada pero según parece no es irreversible.

–       Pues más te vale ordenarte rápido. Ha pasado un montón de gente por aquí últimamente.

–       Eso explica mis ganas de salir corriendo. Bueno eso y el pequeño detalle de los médicos y este tipos de cosas…. Y un cierto mono por fumar, he de reconocer, y tengo demasiadas incógnitas como para hacer la macarrada aquí mismo. Por cierto ¿dónde están mis…? – mira alrededor y ve una caja con el logo y el nombre del hospital que toma para curiosear – Aquí, supongo… aunque no sé si esta todo.

–       Date algo de tiempo… creo que te va a hacer falta.

–       Me da que es algo de lo que no dispongo.

Hace ademán de levantarse de la cama y el primer mareo planta a Noah en una posición cuando menos ridícula.

–       Jajajaja, ¿dónde vas? ¡Fitipaldi!

Sonríe.

–       jajajaja la verdad que se te ve muy animado para estar en una cama de hospital.

–       Nunca hay que perder el humor, es fuente de salud. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pero cuando te vas volviendo sabio tienes que pasar más a menudo por el taller para una inspección de mantenimiento.

–       Voy a intentar hace una incursión al baño…

–       ¡Suerte!

Tras quince minutos de mareos, sujetarse en cualquier tipo de infraestructura más o menos estable que estuviese al alcance ya parecía recuperar la verticalidad.

–       Bueno, parece que esto ya va mejor.

–       No cantes victoria. Necesitabas ponerte en pie y caminar pero aun te falta un tiempillo antes de salir volando. Tienes pinta de ser un pájaro difícil de enjaular.

–       Si, yo también lo creo.

Revisa la caja y descubre lo bien pensada que está su mochila. Tiene todo lo que necesita. Al menos para cubrir sus primeras necesidades: una ducha de agua caliente que le devuelva su flequillo a su estado natural. Coge los bártulos y se dispone a encaminarse hacia la ducha cuando otro mareo le sorprende. Se apoya en la cama. Resopla.

–       Bueno, al menos ya no me cogen de sorpresa

–       Aprovecha para descansar e ir controlando la situación. No te preocupes, acaban de llevarse el desayuno hace nada y es domingo, tenemos tiempo para que te sitúes y sobrellevar el aburrimiento antes de que nadie se pase por aquí y descubra que te has despertado. Salvo que venga alguien en busca de respuestas.

–       Supongo que me lo puedo permitir. Supongo que debo. Pero… ¿por qué…?

–       Y… ¿por qué no? Yo no tengo nada que perder… soy anciano, curioso y me fío de mi instinto… y a parte de todo lo positivo que parece… ya llego a un punto en que a ratos necesito apoyos. Y tú lo puedes ser… Sí, creo que lo serás. ¿Eres persona de palabra?

–       Sí. Aunque las palabras tienen fama de comportarse como cometas sin cuerda, yo puedo firmar de viva voz. Creo en el honor.

–       Eso me parecía – sonríe.

–       Y si yo salgo de aquí, te voy a llevar conmigo. No veo que tengas necesidad de estar aquí – dijo mientras soltaba el vial de su brazo que ya empezaba a ser un auténtico coñazo.

–       Habló el médico sin memoria. Yo saldré de aquí cuando sea el momento.

–       Y en ese momento yo estaré aquí para sacarte.

–       Te olvidas de que esto no es una cárcel. Con un alta médica poco mérito tendría tu ayuda.

–       Pero… ¿qué emoción tendría eso? – le guiña un ojo al anciano…

Y el anciano sonríe.

Con mucha más soltura ya comienza a desenvolverse con bastante autonomía por la habitación, aunque los mareos aún no le han dado la exención y, por tanto, aún tiene que hacer alguna que otra parada, cada vez menos frecuentas, para hacer frente a las arremetidas contra su oído.

–       Tu desarrollo en estas pocas horas está siendo increíble. Creo que ya te puedo dejar ir a la ducha.

–       Jajajajajaja, que manera más políticamente correcta de decir que huelo mal.

–       Bueno… es lo que tiene esto. Servicio de habitaciones 24h y un ambiente que apesta a enfermo y a veces a algo peor. Pero he de reconocer que en tu caso podría ser peor, no llevas tanto tiempo… jajajajajaja

La reparadora ducha le ha permitido recargar las pilas. Volverse a ver en sus habituales ropajes, por llamarlos de alguna manera, reconforta pero aún le falta algo. Sale del cuarto de baño completamente sonriente y el anciano le lanza desde su cama un objeto.

–       ¡Eh! Sin agredir

–       Calla y come. Te va a hacer falta y no dispones de mucho tiempo, de aquí a un rato empezarán a repartir de nuevo la comida. Y tu tiempo de asilo habrá terminado. Siempre guardo algo de comida, nunca se sabe si va a ser necesaria.

–       Eh… oh… ¡¡gracias!!

–       Bien… ¿te ves con fuerzas?

–       Siempre y ya se me empieza a quedar pequeño esto.

–       Perfecto. Escóndete en el baño y cuando llegue el momento sabrás que hacer. El resto déjamelo a mí. Eso si corre la cortina de tu cama.

Dicho y hecho. Cuando se disponía a meterse en el baño sin tener ni idea de cómo iba a salir de ahí, el anciano le extendió su mano con una tarjeta. Era la tarjeta de un hostal.

–       Te cuidarán bien. Y no llamarás la atención. Y en cuatro días ven a por mí, con alta o sin ella yo me piro.

–       Perfecto. No te dejaré aquí. Tienes mi palabra – hace una pequeña pausa y sonríe – ¡un elefante jamás olvida!

Se mete al cuarto de baño, impaciente. Sin saber muy bien qué hacer cuando de repente escucha un timbre. Es el aviso para el personal médico. El anciano ha presionado el botón rojo. Se tensa y una sensación como de sudor frío le recorre todo el cuerpo, salvo porque no suda. Escucha pasos… cada vez más cerca. Suena la puerta como si alguien hubiera agarrado la manilla y se hubiera quedado ahí esperando a algo.

–       Jijiji, este pobre. Ya no sabe cómo llamar la atención. Claro, como el otro paciente no habla…

En ese momento, algo hace click en su cabeza. No sabe el qué. Pero tiene que irse. Punto. La puerta se abre del todo y los pasos se aceleran, dos juegos de pasos dan la pista de que más de una persona han venido a atender al anciano. Sigilosamente abre la puerta del baño poco a poco. Y ve a dos enfermeras examinando al anciano que está semiinconsciente sobre la cama. Da un paso al pequeño pasillo que le abre el camino hacia su libertad. Mira hacia atrás. El anciano yace con la boca abierta y una gota de babilla colgando de la misma. El pánico hace su aparición en escena. Pero un guiño furtivo del anciano entre los brazos de las enfermeras da la pista. Sonríe. Aprovecha que la puerta esta abierta y se escurre hacia el pasillo de la libertad. El resto es cuestión de sus dotes teatrales. Ya está fuera.

Lo extraño de los hospitales es que el flujo de entrada y salida de gente es impredecible.

Imagen: Hospital de deathtiny42 @ flickr

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¡STOP!

Poco a poco, la furgoneta azul va acercándose a un destartalado peaje que parece salido de ninguna parte. En la cabeza, infinidad de pájaros y de probabilidades, de árboles de conversaciones para una mente excesivamente consecuencialista y un gran interrogante para quien comienza a sentir que el otoño de la vida le está dando sus primeros coletazos.

El último kilómetro se ralentiza hasta términos insospechados y todos los tramos anteriores parecen revivirse en slow motion, lo que para uno dura toda su adolescencia, juventud y gran parte de su madurez (quien sabe si rematada con un poco de senilidad) es para su fortuita compañía un laberinto, a ratos inconexo, de caras, encuentros, lugares y sobre todo horas… muchas horas de viaje… y un conejo blanco que tiene más de escapista que de broma de buen gusto.

Una revisión en cuestión de segundos que no viene derivada de ningún tipo de psicotrópico amazónico ni de una parada cardíaca total de varios segundos. Tan sólo una réplica natural del mismo cóctel de sustancias químicas es suficiente para provocar el mismo efecto aunque en este caso, el mismo venga derivado de dejar macerar la dosis suficiente y necesaria de adrenalina y miedo durante el paso de las horas y los kilómetros que llevan a formar una familia atípica, no de sangre, sino de connivencia.

El peaje no tiene mucho, un container industrial que hace las veces de oficina con unos recortes en los laterales y unas ventanas e interior adaptados para darle un mínimo de comodidad a sus aburridos trabajadores, un par de vallas de obra que obligan a dar una curva lo suficientemente cerrada a cualquier conductor como para que tenga que reducir la velocidad hasta un límite que evite embestidas kamikazes y una vieja barrera metálica de sección circular que, al menos en teoría, debería ser capaz de contener a cualquier vehículo medio de los que transitarían una carretera comarcal sin asfaltar.

Al menos, en teoría.

[…]

El vehículo fue decelerando con tranquilidad, suavemente. Como siempre lo había hecho cada vez que pasaba por allá. Ya eran conocidos tanto la furgoneta, característica dado el unívoco conjunto de sonidos que la acompañaban, como el propio conductor que hacía ya mucho años que periódicamente realizaba el mismo recorrido unas cuantas veces al mes.

Pero esta vez algo difería, algo no encajaba. En lugar de la ya recurrente e histórica silueta, otra figura se erguía en el asiento del acompañante y según avanzaba suavemente atravesando la chicane compuesta por las dos vallas de obra, se podía comprobar ya dentro de la garita, cómo el trajín era mayor de lo habitual. Había más movimiento del acostumbrado, se comprobaba por medio de las cabezas que se asomaban con curiosidad por las ventanas de la garita para escudriñar quién era la misteriosa presencia y aunque esto no hubiera sorprendido a ningún ajeno dados los escasos recursos materiales y humanos destinados en la polvorienta senda, esto no pasaba desapercibido para quien llevaba ya muchos años realizando el mismo ritual.

Pero tampoco fue el único gesto distinto de aquel día. Mientras todos, es decir, los pocos agentes destinados, se iban preparando para una inspección rutinaria, un solo gesto marcaría el incierto devenir y el resultado final de una ruta comercial marcada por la improvisación: un pinchazo nada más salir del poblado, parada técnica para socorrer en un accidente, la inesperada presencia de una persona al borde de la carretera, una improvisada compañía, una conversación reveladora acerca de la realidad que se mostraba ante sus narices y un plan para salir de la rutina.

Y fue entonces, al salir del bloqueo impuesto por las dos vallas, cuando la pick-up frenó en seco.

En ese momento, todo el miedo y la adrenalina se fundieron, provocando un instante infinitesimal interminable que catalizó todo lo anterior en la tranquilidad más pura que jamás haya existido. Y en ese preciso momento fue cuando el conductor y Noah, cruzaron una mirada que transmitía mucho más de lo que cualquier diccionario pueda definir.

Fue entonces cuando los agentes, extrañados, comenzaron a avanzar poco a poco hacia el coche, haciendo gestos para comprobar si todo iba bien en el carro de aquel viejo conocido.

– Supongo que no todo sale siempre como a uno le gustaría – lanzó al aire el conductor volviendo a sujetar el volante con ambas manos por primera vez tras haber detenido el coche repentinamente.

–  Las cosas salen y suceden sin más. Tan sólo sus consecuencias nos gustan o dejan de gustar – dice soplándose el flequillo hacia arriba mientras apura la última calada del cigarro.

– Acuérdate de todo lo hablado. No olvides sobre todo aquello de “nunca te fíes…”

– Si, lo sé – le interrumpe. Saca el brazo por la ventanilla y deja caer el cigarro casi consumido por completo que porta entre los dedos.

Y en otro instante que duró una eternidad, el cigarro cayó desde los dedos al suelo girando sobre sí mismo y siguiendo una trayectoria en línea recta durante los escasos dos metros que separaban la mano del polvo. Y en ese mismo instante, ambos asintieron.

El conductor, mirando al frente, pisa el acelerador hasta el fondo de su recorrido revolucionando el coche casi hasta su límite mecánico, bastante mermado dada la longevidad del vehículo. La palanca de cambios, en décimas de segundo, salta a su primera posición provocando que el coche se comience a precipitar vertiginosamente hacia el frente. Segunda. La barrera roja y blanca se ve cada vez más cercana. La furgoneta alcanza una velocidad más que considerable. Tercera. Los agentes comienzan a correr y a desenfundar sus armas. Están a medio camino de la barrera. Cuarta. Un agente sale en volandas debido a su necio desdén por las leyes de la física y ser arrollado por la pick-up al permanecer en mitad de su trayecto. Quinta. La barrera, pese a su aparente robustez, se parte por su tramo más oxidado al ser impactada por la furgoneta. Se escucha cómo alguien coge aire de manera profunda. El vehículo se despega del suelo al atravesar un resalto de control de velocidad. La furgoneta aterriza, sale del peaje y se precipita sobre la curva a la izquierda que da entrada a una mala carretera de asfalto.

– ¡BANG! – Se escucha un fuerte disparo seguido de una explosión.

Y en un momento, el mundo se deforma: todo lo que está arriba, pasa a estar debajo de manera alternativa, la sangre se concentra en la cabeza, el cinturón de seguridad se tensa y todo es estruendo, ruido y caos.

Y después… la oscuridad absoluta.

[…]

Noah abre los ojos. No sabe donde se encuentra y su primer impulso es incorporarse a toda velocidad para ver qué ha sucedido. Pero su esfuerzo se traduce en un dolor agudo en todas partes de su cuerpo y a la vez y en ninguna y vuelve a caer a su originaria posición horizontal, donde, entre lágrimas de dolor, tan sólo llega a vislumbrar a un anciano postrado en otra cama azul, tapado con una sábana blanca hasta la altura de su pecho y acompañado de una máquina que acaba de pitar.

Y después… la oscuridad absoluta.

[…]

Referencias:

– “Cadillac 57” por Iñigo Icaza

– “Truck Stop” por Noel Kerns

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Fort Knox

Una pick-up azul, una sinfonía de sonidos y un fortuito familiar desconocido. Y a partir de ahí el chófer le fue narrando la realidad tal y como nunca la hubiese imaginado.

Las palabras se sucedían al paso de los kilómetros, sin prisa pero sin descanso, penetrando poco a poco y haciéndose cada vez más con el sólo de la orquesta, conformando el momento álgido y fragmento de mayor intensidad de la pieza. Y como tal, no dejaría a nadie indiferente.

Y fue entonces cuando Noah, siempre manteniendo una batería de preguntas certeras que ágilmente le eran respondidas por su sparring, descubrió que las ciudades modernas habían cambiado mucho, o quizá siempre fueran así, no lo tenía claro. En el presente en el que le había tocado vivir, las ciudades se fueron conformando como pequeños mesoestados, casi autónomos aunque con relaciones con el exterior, mundos de oportunidades infinitas y paraísos de tierra prometida donde tanto el sueño americano, como el africano, el europeo, el asiático, el oceánico podrían hacerse realidad. Vivir en la opulencia era factible, vivir bien era factible, hasta vivir del cuento era factible en un microcósmos pensado para ascender, evolucionar, dar la sensación de posibilidades infinitas desde un punto de vista económico y capitalista. La promesa del paro a tasa cero, el estado de bienestar en su máxima expresión y las infinitas oportunidades en todos los ámbitos de la vida eran los pilares sobre los que se cimentaba una estrategia de marketing muy bien pensada para atraer hacia ella a los avariciosos incautos, a los cruzados del imperio de papel moneda, a los escaladores de la montaña del éxito y a cualquier especie parecida con más o menos ambición. En eso consistía el juego, porque todas las promesas alimentaban un sistema elitista de clases que bajo los viejos parámetros marxistas, eliminaban la posibilidad de la lucha social y la revolución debido a que la más baja, ergo, la que mantenía a la más alta estaba al mismo nivel que las clases más altas conocidas durante la ya decadente era del capitalismo aún fresco en la mente de todos los que dentro vivían.

Y cómo no, todo aquel mundo de infinitas posibilidades tenía una letra pequeña… el tránsito migratorio de la megaurbe era sólo en un único sentido, hacia dentro. Este ecosistema del mundo de la piruleta solo se mantendría mientras la gente permaneciese dentro, disfrutando de los mecanismos de apego que la misma ofrecía. Era la trampa perfecta, un tela de araña de dimensiones titánicas tan bien planificada que nadie percibiría la sensación de control. Las áreas rurales incluidas aleatoriamente por una geografía no vallada daban el contrapunto perfecto de variedad para que no pareciese una gran cárcel de cemento y acero. Y nadie las percibiría como los elementos que cerraban el ciclo, todo el mundo tenía un pueblo al que pertenecía y al que a la vez ansiaba volver, pero el sistema, con sus inmensas posibilidades económicas, laborales, sociales y culturales se ceñían sobre sus habitantes como los hilos sobre los títeres. Así pues, sólo era posible volver a ellas en el tramo final del ciclo productivo, cuando el ciclo vital llegaba a su declive y como continuidad de la cosmovisión para aquellas nuevas generaciones engendradas en ellas.

Por ello, y como buen vórtice de acumulación de potenciales diversos y posibilidades infinitas, la entrada era controlada. Nadie lo percibiría puesto que nadie lo vería y ¿cómo desafiar a aquello que no se ve? Pues era ciertamente imposible, tal y como habían demostrado las antiguas generaciones de filósofos: tanto aquellos pertenecientes a la escuela del Ateismo como aquellos que habían desarrollado su nomos en la del Agnosticismo habían generando diversas corrientes de entender la vida, pero éstas estaban al margen de lo que los grupúsculos coleantes pero admirados del Creyentismo  desarrollaban. Y si las dos corrientes popularmente predominantes no pudieron terminar con el fenómeno de éstos era porque no podían desafiar a ninguna deidad ya que las consideraban inexistentes y el mero hecho de desafiarlas habría sido doctrinalmente incoherente. Pero esa, como diría Ende, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Aún y así el sistema no era del todo perfecto y tenía una falla: el sistema productivo local no era capaz de subsistir con lo que era localmente producido en sus áreas rurales. Un sistema de flujo unidireccional basado en un nivel de vida (por tanto de consumo) de alto nivel tendría siempre dos puntos débiles a cuidar: uno, la entrada de materia prima, que en este caso eran los alimentos porque en un mundo basado en la permanencia de la gente, ésta tendría todos los recursos necesarios para hacerla avanzar como sociedad, enriqueciéndose de manera endogámica, salvo por el hecho de que dichos recursos humanos debieran tener cubiertas las necesidades básicas, especialmente la alimentación. Y todo el mundo sabía hace mucho tiempo que Matrix había fallado porque a las clases altas les gustaban los chuletones y el bueno vino y en vez de tomarse la pastilla roja habían decidido financiar a la resistencia con dinero negro y chantajear a los pocos agentes descendientes de Windows que quedaban. El segundo punto débil sería la salida de residuos pero qué clase de megalómano sería capaz de materializar un agujero negro terrenal y completamente funcional sin el más sofisticado de los sistemas de reciclaje basado en el principio de la conservación de la energía.  Y sin hacer tragar mierda a unos cuantos grupúsculos sociales a su alrededor.

Pero, obviamente, la realidad es sólo una cuestión de percepción y poca gente se enfrentaría a la titánica labor de tratar de convencer a quienes dentro se hallaban de que sus propios anhelos se habían tornado su propia celda,  libremente escogida, pero celda. Al fin y al cabo, la felicidad es universal, y como tal, una cuestión de percepción.

Pero de todo aquello que el desconocido conductor iba narrando sin especial grandilocuencia, con el pesar de quien ha visto la punta del iceberg en su caminar en círculos, había un hecho que era incontestable por cotidiano, por sencillo y por evidente. La entrada de materia prima alimenticia era la principal falla de esa gran máquina de sueños contemporánea y la única manera de afrontarla había sido por medio del comercio exterior.

Así, en definitiva, tan sólo los comerciantes de productos frescos podían entrar y salir pero bajo estrictas condiciones contractuales que les obligaban a ir escoltados hasta sus puntos de venta y mantener el secreto de sumario bajo pena de expulsión indefinida, agresión física o incluso arresto (sí, la economía sumergida y de la violencia junto con el sistema penitenciario también formaban parte del sistema de promesas en su conjunto ya que… ¿quién no había soñado nunca con ser funcionario o capo del narcotráfico?).

Y el punto de entrada, era como no podía ser de otra manera… un peaje. Discreto, perfectamente camuflado y eficaz. De hecho no era uno sólo, sino un conjunto de puntos de acceso que, con la excusa de una recaudación simbólica, suponían la protección perfecta al único agujero. Nada de armas, ni muros, ni militares de cara torcida. Tan sólo una línea imaginaria y un sistema de economía sumergida fácilmente manipulable, hacían de la tarea casi algo trivial.

Y así fue como Noah llegó a entender, en parte por lo explicado por el conductor, y en parte por deducción propia, la estrategia de su guía. Se confabularían para hacerse pasar por un familiar, con la excusa de la edad y los achaques de los años, como manera de continuar con el legado y el negocio familiar, facilitando la entrada a quien tiene su destino marcado…

–       Entonces, estamos juntos en esto?

–       La verdad, que juntos estaremos. Pero sólo durante un tramo breve de este camino – satirizaba Noah

–       Yo no tengo elección, ya estoy cansado y es la única manera de salir del ciclo. Mis años de servicio, mi fidelidad y mi labor como contacto para nuevos proveedores me avalarán un castigo menor y muy probablemente, una jubilación anticipada. – los ojos del conductor emanan un brillo mezcla de esperanza renovada y tristeza

–       Y siempre puedes alegar que me escapé pese a conocer las consecuencias de mis actos. – un guiño se intuye entre el mechón de pelo que cae sobre sus ojos – además, mi destino tomó forma en el momento que decidí levantar un dedo y ya no hay vuelta de hoja. ¿Qué voy a hacer?¿Volverme andando? La curiosidad me mataría.

–       Dicen que la curiosidad mato al gato.

–       Por algo dicen que tienen siete vidas.

Y es así cómo ambos se echan a reír a carcajadas, pensando ambos dos que su respectivo acompañante esta loco… brillantemente loco.

En el instante de silencio que se forma tras la risa, una ventana se baja y un cigarrillo se enciende a la par que un portaminas se abalanza precipitadamente sobre una hoja de cuaderno tratando de retratar lo que tiene enfrente. Según se va terminando la carretera, se reconoce cada vez más cerca un simbólico punto de aparente no retorno: un viejo peaje con una destartalada valla metálica redondeada pintada de rojo y blanco.

–       Nunca sabes si éste fin te regalará otro comienzo

Una colilla vuela por una ventana que se cierra.

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Imagen: “No through traffic” de Miss Mini Graff

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La vieja furgoneta azul, una pick-up antigua pero no destartalada continua incansable en su trayecto hacia un horizonte lejano. En su interior un concierto de sonidos desacompasados ponen banda sonora a un silencio para nada incómodo: los instrumentos de viento tocan la melodía del aire entrando por la ventanilla de la furgoneta a la par que, los percusionistas, han decidido que era más apropiado tocar el vals del diesel, siempre en sol menor ya que el día amenaza a su fin. Pero todos saben que una orquesta no es tal sin los instrumentos de cuerda, y éstos han decidido hace ya unos cinco mil kilómetros, que debían completar la gran sonata del viajero con esporádicos episodios: solos de correa de transmisión que forman parte del preludio de la ruptura.

Aún y así, los dos únicos espectadores de este atípico concierto mantienen un silencio no-pactado pero bastante sostenible. El conductor, atento a una carretera aún polvorienta, que evoluciona a mejor en su recorrido hacia el horizonte cada vez menos lejano, no lamenta haber parado para recoger a una cara desconocida. Siempre se viaja mejor en compañía.

La compañía escrutina el destino,  esta vez bastante cierto, al que se ha sometido sin saber con exactitud por qué. Su mirada perdida en el horizonte, vislumbra ciertos destellos del futuro que eligió en el momento que decidió alzar un pulgar. Quizá no hubiese escogido tanto como el destino le escogió, quizá todo estaba escrito hace ya muchos siglos en un pedazo de papel de cuaderno que vuela mecido por la brisa y el viento sin descanso entre generaciones y generaciones de viajeros que optaron en algún momento por no pensar. O quizá, simplemente, lo único que buscaba era dormir en una cama e interaccionar con iguales. Independientemente de las razones, había movido pieza y ahora sólo quedaba esperar a la siguiente jugada de un adversario a quien no puede ver.

Entre tanta divagación interna, su mirada se topó con su reflejo en la parte de la ventanilla que aún se muestra visible y cayó en la cuenta que hacía ya semanas que sólo era capaz de recordarse tal y como era por medio de su reflejo distorsionado en ríos o fuentes, donde la imagen se deforma en medio de las ondas acuáticas. Es difícil verse la cara con tranquilidad cuando tienes menos de cinco minutos para lavarte en una fuente si no quieres someterte a cargos penales por escándalo público, el agua está helada, o un ejercicio de autocontemplación puede acarrearte la privación de una de las comidas del día. O la única.

No parece que haya cambiado demasiado, sus ojos aún mantienen aquel destello, difícil de distinguir cuando no se mira de cerca; su pelo, más largo de lo habitual pero aún lejos de su récord personal de longitud, sigue manteniendo esa molesta capacidad de cegarle en el momento menos pensado, aún cuando la fuerza del empeño le ha permitido acostumbrarse. Pese al paso del tiempo, ridículo en comparación con la edad de su compañero transitorio de viaje y chófer improvisado, sigue manteniendo una cara muy parecida a la que tuvo, y aún retiene. Quizá ésta este algo más ajada por una reciente y creciente exposición a la intemperie, pero no llega a perder para nada esa esencia por la cual la gente es capaz de reconocer a alguien aún tras el paso de cierto tiempo.

Cara de no haber roto un plato – le decían – baby face – le dejaron caer alguna vez en uno de tantos típicos episodios que preceden a ese absurdo protocolo social por el cual todo el mundo te acaba preguntando la edad con el objetivo de marcarte un rasero de medida social, con la intención de evaluarte en base a parámetros de una cosmovisión variable en función de criterios geográficos o simplemente como un formalismo absurdo orientado a evitar un silencio que tienen un valor único, irrepetible. ¡Pobre silencio incomprendido!

Ciertamente el silencio era un fenómeno incomprendido: el éxito social parecía estar estrechamente relacionado con las palabras, con la verborrea incontenida de algunos individuos; el carisma se valoraba o detectaba en aquellas personas que cumplían ciertas pautas y conseguían ciertos efectos colaterales en el desempeño de sus funciones comunicativas (las verbales, claro); el don de gentes se imponía a la, tantas veces mal llamada, timidez en una escala de valores social corrupta por aquellos modelos de desarrollo personal que no incluían factores tales como la reflexión, la paciencia y la analítica. En definitiva, parecía ser que el silencio era algo a evitar. Por eso apreciaba a su compañía de viaje – aparte de por haberle recogido de un lugar en medio de ninguna parte – porque además de haberle recogido no hizo preguntas, no interrogó, no trató de definir si a quien había recogido podría resultar ser alguien capaz de realizar asesinatos en serie, robos con violencia, violaciones (y no precisamente del código penal), o algún otro crimen del estilo. Como por ejemplo la venta ambulante de cedés transportados en las mundialmente reconocidas como peligrosas, mantas.

Por eso se encontraba a gusto, por eso no se bajaría del coche en el momento en que su otrora desconocido ahora compañero de viaje abriese la boca para decir alguna sandez. Acababa de demostrar su capacidad para, al menos, respetar el silencio lo cual ya de por sí le daba autoridad para decir sandeces. No cualquier tipo de sandez, pero sí al menos las consideradas como estándar.  Y eso le honraba.

Mientras pensaba esto dejó de mirar a través de la ventana y comenzó a aterrizar en la peculiar realidad dentro de la furgoneta azul, y ahí entre retales de antigüedad y marcas del paso de los años se dio cuenta de cómo su bienamado silencio quedaba en entre dicho. Bueno, así como la paz no es tan sólo la ausencia de guerra, quedaba claro que el silencio no es la ausencia de sonido… y ante tan auténtica situación no le quedo otra que sonreír.

Y el conductor le devolvió la sonrisa.

–      ¿Ya has aterrizado o aún sigues buscando estrellas durante el día? – le dijo el conductor

–      Más o menos – le espetó – por cierto, igual ya te lo he dicho, pero gracias por el viaje y la animada conversación

–      Jeje, de nada! Supuse que estarías disfrutando del gran concierto de la orquesta filarmónica de la Pick-Up. Me ha llevado años de arreglos melódicos… o de falta de ellos

–      Jajajajajajajajajajaja

–      Um! Interesante, no es una risa forzada, por lo que veo que ya habías caído en la cuenta de ello. Y por cierto, un aviso: nunca te fíes de la gente que se ríe con la ‘i’

–      Si, soy alguien que tiende a valorar el silencio

–      Fina ironía. Por cierto! Aún no lo sabes, pero vas a ser parte de mi familia

–      ¿Ein? Y claro, supongo ahora te reirás con la ‘i’ ¿no?

–      Bueno, creo que hay ciertas cosas que te conviene conocer…

Y así fue cómo el silencio se fusionó con la charla y la música ganó, al fin, el elemento melódico que el director llevaba tiempo buscando: un dueto de voces amateur que se imponían como los solistas que todo el mundo echa de menos en una pieza instrumental.

– Imagen:

“1959 Ford F-100 Pick-up Truck”, de ppolgar

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Una vereda marca el camino hacia ninguna parte. A un lado el más absoluto infinito de unidades de distancia permite observar un fecundo paisaje de tonos verduzcos, rojizos y amarillentos. La naturaleza viva en su máxima expresión permite admirar la inmensa riqueza de un mosaico de infinitos matices, un tapiz colgado de la misma línea del horizonte visible. Y al final de la misma, justo en el costado yace inmensa una majestuosa secuoya, altiva, eterna. La interminable forma arbórea parece abrazar el cielo con sus raíces verdes invertidas, extendiéndose desde el infinito azul, poblado de esos trazos blancos surrealistas que son las nubes, hasta ese techo de tierra y hierba que hace tiempo que traspasó en su imparable crecimiento. La sombra, kilométrica, aporta un abstracto cobijo a una jauría de incontables especies, un ecosistema concentrado en la ausencia de luz de incidencia directa que abarca, desde organismos de escala picométrica hasta seres vivos en escalas homínidas.

Y allá donde la vida se torna menos viva, donde se cultivan los diversos miedos de multitud de culturas, donde la sombra intercepta el final de la vereda, se vislumbran unos pies descalzos que disfrutan del oasis que representa el contacto directo con la hierba fresca. Una botas de monte furtivamente abandonadas en un lateral, desgastadas no por el paso de los años sino por los años de pasos delimitan un territorio de autonomía temporal donde bien se podría reclamar la república de la libertad y los sueños. Sueños pintados en un cuaderno con un viejo portaminas de punta metálica que se mueve a trazos rápidos sobre el papel amarillento debido a los reflejos de los rayos de sol que no ha sufrido difracción alguna en la atmósfera.

Trazos rápidos al principio; como de quien tacha un error con rabia. Trazos cortos, más dubitativos posteriormente; como de quien aún no se está permitiendo la licencia de la creatividad y aún racionaliza en exceso sus siguientes movimientos de muñeca. Y trazos suaves finalmente, firmes y decididos; de quien ya por fin supera los frenos iniciales y permite a su vida interior tomar posesión de su cuerpo exterior para dar forma a aquello que realmente tiene tras las múltiples barreras y filtros de lo socialmente aceptado y la lógica contemporánea. Ahí por fin, se muestra Atreyu dibujando el mapa de salida al templo de las mil puertas. Y es en ese preciso momento en el que el portaminas parece acelerarse y tomar vida propia, seguro de sí mismo, rápido y certero para crear formas más allá de puntos y líneas y entresacar la imagen que yace escondida en la bidimensionalidad infinita del papel en blanco… y es así como finalmente, tras rebasar el momento cúlmen de inspiración, el ritmo vuelve a bajar tan sólo para pulir ciertos detalles, pongamos que más artísticos y dar por terminada la predicción proyectada sobre una bola de cristal achatada y opaca.

Deja el cuaderno sobre la hierba y se enciende un cigarro. Bueno, o eso se puede deducir al menos tras escucharse el sonido de mechero y la bocanada de humo que acto seguido decide formar una corona informe sobre los pies descalzos. El crujir de la madera de secuoya, que no es más que el típico crujir de madera pero de unas dimensiones descomunales, podría indicar que alguien se ha recostado sobre el inmenso ser vivo inanimado, seguramente para disfrutar de un momento de reflexión a la luz de la escena reflejada en la hoja de papel de cuaderno.

Y ahí, en esa medida de tiempo no inventada, infinitesimal y casi inexistente, que separa un instante del siguiente, una bombilla se ilumina en alguna parte y provoca un caos que tiende a anular la armonía reinante hasta el momento. Y es así como se empieza a movilizar provocando la revolución dentro del ecosistema que la sombra perfectamente ha balanceado. Reduce el perímetro de su efimera república de los sueños al acercarse las botas y empezar a calzarse y comienza a recoger toda su vida caracoliana esparcida en un espacio limitado por unos metros de anchura de la secuoya. Ya con las botas de montaña ejerciendo su labor de hacer palanca para que el mundo gire a sus pies se pone en pié y abre la mochila en la que empieza a guardar cuidadosamente debido a una falta alarmante de espacio todas sus pertenencias. Una a una las va observando detenidamente y, con sumo cuidado, las va ubicando en su sitio exacto y estrátegicamente seleccionado para darle, en función de su necesidad un lugar privilegiado: arriba las pertenencias más necesarias y las que probablemente vaya a utilizar en un lapso menor de tiempo, en medio aquello menos inmediato y al fondo del todo esa especie de cajón de sastre donde la gravedad, los autoengaños y la necesidad ficticia de no desligarse de su pasado han ido acumulando un sin fín de objetos de dudosa utilidad práctica.

Y finalmente, el cuaderno. Lo cierra, lo envuelve para protegerlo de posibles aunque poco probables inclemencias meteorológicas y lo introduce en el bolsillo superior de la mochila junto a un pequeño… llamémosle estuche dada su utilidad aunque a nivel formal hace ya mucho, mucho tiempo que perdio cualquier parecido con uno. Si es que alguna vez llegó a tenerlo. Cierra la mochila empleando la tapa superior y justo cuando va a cerrar y asegurar los amarres parece darse cuenta de una cosa… Vuelve a abrir, accede al cuaderno, rasga la última hoja y la deja sobre la raíz de la gran secuoya… “¡Toma!” piensa para su interior, “te devuelvo lo que otros te robaron de algun familiar más o menos cercano. Sé que no sirve de mucho, pero… ¡Feliz Día de la Tierra!”

Y así comienza a caminar hacia el final de la vereda, allá donde termina para fundirse con un camino algo más transitado y al que, una vez que se ha llegado, permite abrir el plano de visión dejando entrever el aparentemente dantesco y obligado punto de paso. Alza la vista, mirando hacia el horizonte y un destello de determinación cruza su mirada justo antes de pasarse la mano por la cara y aprovechando para reubicarse su mechón de pelo, que no tardará mas de dos minutos y medio antes de volver a su posición natural tapándole uno de sus ojos. Respira profundamente, se enciende otro cigarrillo y se dispone a emprender la marcha cuando, a lo lejos, escucha un ruido de motor. Se gira y descubre una nube de polvo que avanza a un ritmo más o menos constante hacia su posición. Decide esperar mientras termina de fumar. La furgoneta azul, una pick-up antigua pero no destartalada se aproxima y cuando se establece el contacto visual entre conductor y transeunte, un gesto con un pulgar hacia arriba lo comunica todo. El coche reduce la velocidad para detenerse justo al lado.

– ¿Te puedo llevar?

– Si, por favor

– ¿A dónde? ¿Al centro?

– No es necesario, con que me dejes en la entrada vale.

– ¡Sube!

Y así es como la nube de polvo contínua su trayecto hacia el horizonte. Esta amaneciendo y el vacío de aire que la pick-up deja a su paso genera un viento que remueve todos los alrededores… ¿Y que depara el horizonte para aquellos que siguen el único camino que conduce hasta él? Pues allá en la lejanía, donde el cielo se funde con la tierra en una línea aparentemente recta yace uno de los lugares más fabulosos que alguien pudiera imaginar… una gran ciudad, una metrópolis que representa tanto los sueños de millones de personas como las pesadillas de esa viejuca Pacha Mama que trata, un año más de sobrevivir a otro cumpleaños. ¿Y sabéis que es lo mejor de todo? Que pese a la gran magnificiencia de un lugar así, aún es posible desde la distancia meter a una gran megápolis en un trozo de papel… y, hacer que, con el viento… se pierda en el olvido…

Imagen:

1- “New York skyline… closer”, de World of Gopher

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