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La fuerza de la costumbre le hace levantarse a las siete de la mañana, sin despertador, comienza su rutina como un día cualquiera, enciende la cafetera, se mete en la ducha, se limpia el pelo, se seca y se pone el traje, vuelve a la cocina, echa azucar al café y empieza a beberlo. En ese momento se dá cuenta, que ayer fue su último día. Lentamente se quita el traje y se pone ropa más cómoda, más deportiva, más para correr.

Jenny se levanta, con legañas en los ojos y despeinada, no parece el ángel con quién se fue a cenar, a esas horas nadie lo es. Entra en la ducha y tras una media hora larga sale de ella, se toma el café que Kerthin le ofrece. En él una sonrisa, en ella no tanto.

–          Espero que tengas un buen día en el trabajo.

–          ¿No vas a aparecer? – le pregunta Jenny.

–          No sabría que decirte… Si, voy a aparecer con unas cuantas bandejas de tortillas y bocadillitos de jamón.

–          Celebración por las despedidas.

–          ¡Sí! Nunca les ha sentado bien, especialmente a Javy – con una sonrisa en la cara.

–          Despedida y tocar los cojones un rato, así podríamos resumir tu aparición.

–          ¡Título perfecto para una diapositiva! Ponle una mano en primer plano y detrás de ella, al fondo, un tío sonriendo y es el mensaje a transmitir.

–          Sabes… te voy a echar de menos.

–          En la oficina apenas nos veíamos, hemos pasado más tiempo juntos esta noche que en el último año.

Jenny agacha la cabeza, él no lo ve, pero una lágrima surge de uno de sus ojos, ella tiene la certeza.

–          Kerthin, sé que esta noche te has despedido de todos y me has reservado un momento único y especial para mí. Te lo agradezco, pero…

–          ¡Un momento! ¿Cuándo he dicho yo que me voy? Amén de dejar la empresa, ni tan siquiera he sugerido que abandone la ciudad.

–          Kerthin, no nos habremos visto mucho pero te conozco y hemos compartido sueños, ideas y hasta alguna que otra locura. Y sé muy bien que no perteneces a este lugar, o más bien que él no te pertenece. Desconozco si volverás con Aina, al pueblo o querrás empezar de nuevo en algún otro lugar; pero sé que aquí no vas a estar mucho más tiempo.

–          ¡Guau! Esto… no sé qué decirte, la decisión de dejar la empresa la tome ayer.

–          Sabes bien que no, la decisión la tenías tomada, como la de acostarte conmigo, tan sólo te tomas tu tiempo hasta que una señal te hace llevarla a cabo.

Pero no te lo estoy echando en cara, en cierta manera te quiero y siempre he sabido que no íbamos a ser pareja y tener un futuro en común. Aunque me ha gustado cada rato que hemos vivido, siempre los viví como la última vez. Y ayer lo tuve especialmente claro que así iba a ser.

Ambos dos se quedan en silencio. Ella le da un beso largo y pausado. Se separan y ella se va. Él se queda un rato quieto, con la ropa de correr y la mirada perdida.

El café se queda frio.

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Fort Knox

Una pick-up azul, una sinfonía de sonidos y un fortuito familiar desconocido. Y a partir de ahí el chófer le fue narrando la realidad tal y como nunca la hubiese imaginado.

Las palabras se sucedían al paso de los kilómetros, sin prisa pero sin descanso, penetrando poco a poco y haciéndose cada vez más con el sólo de la orquesta, conformando el momento álgido y fragmento de mayor intensidad de la pieza. Y como tal, no dejaría a nadie indiferente.

Y fue entonces cuando Noah, siempre manteniendo una batería de preguntas certeras que ágilmente le eran respondidas por su sparring, descubrió que las ciudades modernas habían cambiado mucho, o quizá siempre fueran así, no lo tenía claro. En el presente en el que le había tocado vivir, las ciudades se fueron conformando como pequeños mesoestados, casi autónomos aunque con relaciones con el exterior, mundos de oportunidades infinitas y paraísos de tierra prometida donde tanto el sueño americano, como el africano, el europeo, el asiático, el oceánico podrían hacerse realidad. Vivir en la opulencia era factible, vivir bien era factible, hasta vivir del cuento era factible en un microcósmos pensado para ascender, evolucionar, dar la sensación de posibilidades infinitas desde un punto de vista económico y capitalista. La promesa del paro a tasa cero, el estado de bienestar en su máxima expresión y las infinitas oportunidades en todos los ámbitos de la vida eran los pilares sobre los que se cimentaba una estrategia de marketing muy bien pensada para atraer hacia ella a los avariciosos incautos, a los cruzados del imperio de papel moneda, a los escaladores de la montaña del éxito y a cualquier especie parecida con más o menos ambición. En eso consistía el juego, porque todas las promesas alimentaban un sistema elitista de clases que bajo los viejos parámetros marxistas, eliminaban la posibilidad de la lucha social y la revolución debido a que la más baja, ergo, la que mantenía a la más alta estaba al mismo nivel que las clases más altas conocidas durante la ya decadente era del capitalismo aún fresco en la mente de todos los que dentro vivían.

Y cómo no, todo aquel mundo de infinitas posibilidades tenía una letra pequeña… el tránsito migratorio de la megaurbe era sólo en un único sentido, hacia dentro. Este ecosistema del mundo de la piruleta solo se mantendría mientras la gente permaneciese dentro, disfrutando de los mecanismos de apego que la misma ofrecía. Era la trampa perfecta, un tela de araña de dimensiones titánicas tan bien planificada que nadie percibiría la sensación de control. Las áreas rurales incluidas aleatoriamente por una geografía no vallada daban el contrapunto perfecto de variedad para que no pareciese una gran cárcel de cemento y acero. Y nadie las percibiría como los elementos que cerraban el ciclo, todo el mundo tenía un pueblo al que pertenecía y al que a la vez ansiaba volver, pero el sistema, con sus inmensas posibilidades económicas, laborales, sociales y culturales se ceñían sobre sus habitantes como los hilos sobre los títeres. Así pues, sólo era posible volver a ellas en el tramo final del ciclo productivo, cuando el ciclo vital llegaba a su declive y como continuidad de la cosmovisión para aquellas nuevas generaciones engendradas en ellas.

Por ello, y como buen vórtice de acumulación de potenciales diversos y posibilidades infinitas, la entrada era controlada. Nadie lo percibiría puesto que nadie lo vería y ¿cómo desafiar a aquello que no se ve? Pues era ciertamente imposible, tal y como habían demostrado las antiguas generaciones de filósofos: tanto aquellos pertenecientes a la escuela del Ateismo como aquellos que habían desarrollado su nomos en la del Agnosticismo habían generando diversas corrientes de entender la vida, pero éstas estaban al margen de lo que los grupúsculos coleantes pero admirados del Creyentismo  desarrollaban. Y si las dos corrientes popularmente predominantes no pudieron terminar con el fenómeno de éstos era porque no podían desafiar a ninguna deidad ya que las consideraban inexistentes y el mero hecho de desafiarlas habría sido doctrinalmente incoherente. Pero esa, como diría Ende, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Aún y así el sistema no era del todo perfecto y tenía una falla: el sistema productivo local no era capaz de subsistir con lo que era localmente producido en sus áreas rurales. Un sistema de flujo unidireccional basado en un nivel de vida (por tanto de consumo) de alto nivel tendría siempre dos puntos débiles a cuidar: uno, la entrada de materia prima, que en este caso eran los alimentos porque en un mundo basado en la permanencia de la gente, ésta tendría todos los recursos necesarios para hacerla avanzar como sociedad, enriqueciéndose de manera endogámica, salvo por el hecho de que dichos recursos humanos debieran tener cubiertas las necesidades básicas, especialmente la alimentación. Y todo el mundo sabía hace mucho tiempo que Matrix había fallado porque a las clases altas les gustaban los chuletones y el bueno vino y en vez de tomarse la pastilla roja habían decidido financiar a la resistencia con dinero negro y chantajear a los pocos agentes descendientes de Windows que quedaban. El segundo punto débil sería la salida de residuos pero qué clase de megalómano sería capaz de materializar un agujero negro terrenal y completamente funcional sin el más sofisticado de los sistemas de reciclaje basado en el principio de la conservación de la energía.  Y sin hacer tragar mierda a unos cuantos grupúsculos sociales a su alrededor.

Pero, obviamente, la realidad es sólo una cuestión de percepción y poca gente se enfrentaría a la titánica labor de tratar de convencer a quienes dentro se hallaban de que sus propios anhelos se habían tornado su propia celda,  libremente escogida, pero celda. Al fin y al cabo, la felicidad es universal, y como tal, una cuestión de percepción.

Pero de todo aquello que el desconocido conductor iba narrando sin especial grandilocuencia, con el pesar de quien ha visto la punta del iceberg en su caminar en círculos, había un hecho que era incontestable por cotidiano, por sencillo y por evidente. La entrada de materia prima alimenticia era la principal falla de esa gran máquina de sueños contemporánea y la única manera de afrontarla había sido por medio del comercio exterior.

Así, en definitiva, tan sólo los comerciantes de productos frescos podían entrar y salir pero bajo estrictas condiciones contractuales que les obligaban a ir escoltados hasta sus puntos de venta y mantener el secreto de sumario bajo pena de expulsión indefinida, agresión física o incluso arresto (sí, la economía sumergida y de la violencia junto con el sistema penitenciario también formaban parte del sistema de promesas en su conjunto ya que… ¿quién no había soñado nunca con ser funcionario o capo del narcotráfico?).

Y el punto de entrada, era como no podía ser de otra manera… un peaje. Discreto, perfectamente camuflado y eficaz. De hecho no era uno sólo, sino un conjunto de puntos de acceso que, con la excusa de una recaudación simbólica, suponían la protección perfecta al único agujero. Nada de armas, ni muros, ni militares de cara torcida. Tan sólo una línea imaginaria y un sistema de economía sumergida fácilmente manipulable, hacían de la tarea casi algo trivial.

Y así fue como Noah llegó a entender, en parte por lo explicado por el conductor, y en parte por deducción propia, la estrategia de su guía. Se confabularían para hacerse pasar por un familiar, con la excusa de la edad y los achaques de los años, como manera de continuar con el legado y el negocio familiar, facilitando la entrada a quien tiene su destino marcado…

–       Entonces, estamos juntos en esto?

–       La verdad, que juntos estaremos. Pero sólo durante un tramo breve de este camino – satirizaba Noah

–       Yo no tengo elección, ya estoy cansado y es la única manera de salir del ciclo. Mis años de servicio, mi fidelidad y mi labor como contacto para nuevos proveedores me avalarán un castigo menor y muy probablemente, una jubilación anticipada. – los ojos del conductor emanan un brillo mezcla de esperanza renovada y tristeza

–       Y siempre puedes alegar que me escapé pese a conocer las consecuencias de mis actos. – un guiño se intuye entre el mechón de pelo que cae sobre sus ojos – además, mi destino tomó forma en el momento que decidí levantar un dedo y ya no hay vuelta de hoja. ¿Qué voy a hacer?¿Volverme andando? La curiosidad me mataría.

–       Dicen que la curiosidad mato al gato.

–       Por algo dicen que tienen siete vidas.

Y es así cómo ambos se echan a reír a carcajadas, pensando ambos dos que su respectivo acompañante esta loco… brillantemente loco.

En el instante de silencio que se forma tras la risa, una ventana se baja y un cigarrillo se enciende a la par que un portaminas se abalanza precipitadamente sobre una hoja de cuaderno tratando de retratar lo que tiene enfrente. Según se va terminando la carretera, se reconoce cada vez más cerca un simbólico punto de aparente no retorno: un viejo peaje con una destartalada valla metálica redondeada pintada de rojo y blanco.

–       Nunca sabes si éste fin te regalará otro comienzo

Una colilla vuela por una ventana que se cierra.

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Imagen: “No through traffic” de Miss Mini Graff

La Vida en Ciclo

20:00

Lleva las tres últimas horas delante del ordenador, pensativo y de brazos cruzados.

20:07

Se despiden de él los últimos compañeros, salen pronto (al menos pronto para lo habitual) gracias al partido de semifinales del equipo de la ciudad. No es su equipo, a pesar de llevar viviendo varios años ahí, si tiene que seguir a alguno, le tira más el de su pequeño pueblo; una banda más que un equipo.

20:16

Sigue saltando de pensamiento en pensamiento, su cerebro se asemeja a un motor de búsqueda de Internet, recopilando información pero sin dar visos de inteligencia alguna.

20:22

Envía un correo electrónico a todos sus compañeros y un mensaje a Jenny.

20:30

Se levanta y lleva el ordenador al área de informática, allí lo deja.

20:35

Pasa por el Departamento de RRHH y deja su renuncia.

20:38

Empieza a recoger sus bártulos y limpiar la mesa.

20:40

Con sus escasas pertenencias sale por la puerta. En la puerta principal, se despide del guarda de seguridad.


Al cerrarse tras de él la puerta, respira profundamente. Le parece estúpido, pero siente como si acabara de salir de la cárcel, después de una condena de 4 años, 3 meses y 1 día; o como a su vena friki le gustaría pensar, acaba de solucionar el dilema del gato de Schrödinger; por primera vez, desde hace dos años, se siente vivo. Y aunque tiene ganas de hacer muchísimas cosas, decide ir primero a su casa, y hacer por primera y última vez el camino de vuelta andando.

Reflexiona sobre los dos últimos días que ha vivido, para remarcar dos hechos, decir a la Junta Directiva que se jubile y ver como Jon, el Ex-Señor Presidente, hace efectiva al día siguiente dicha dimisión; son palabras mayores y le han hecho reflexionar una vez más sobre lo que quiere para su vida. Y sigue sin saber qué es lo que quiere, pero sabe que el Camino a Ambición cobra un peaje que él no está dispuesto a pagar.

Con la mochila al hombro y ya sin corbata, parece un ejecutivo yendo al gimnasio; y por la sonrisa y la confianza sería el modelo ideal para esas fotos que se buscan con palabras como “éxito; fortuna”. Le hace gracia pensar que esas fotos, que tantas veces ha utilizado, precisamente sean gente que hayan dejado una empresa con esos dos palabras como bandera.

Anda despacio, sin auriculares ni música, con el móvil en silencio; escuchando cada uno de los sonidos de la ciudad, de una ciudad en silencio, a la expectativa de que algo ocurra. Camina por ella, como si estuviera en un páramo desconocido, con edificios haciendo de montañas, con palomas en el papel de aves rapaces y con vagabundos haciendo de hermanos aventureros.

No se trata de que fuera infeliz en la empresa, como todo el mundo tenía sus momentos malos y sus momentos gloriosos; quizás esa cultura de Up or Out (Promocionas de puesto o a la calle) mal entendida por parte de muchos de sus compañeros y jefes, no encajase con su forma de ser; y le había metido en guerras no deseadas contra enemigos no solicitados. Pero a pesar de ello, había disfrutado haciendo su trabajo y creía que lo había hecho bastante bien ¡El Seño… Jon le había felicitado varias veces por ello! La verdad, es que podía estar bastante orgulloso de sí mismo.

Al llegar al parque, ralentiza el paso, igual que el aventurero que llega al oasis o a un refugio, su mirada fotografía cada zona por la cual ha pasado los últimos años. Aún siendo de noche, es capaz de superponer las escenas cotidianas que ha vivido: La rubia de top azul corriendo con su visera, haga sol o llueva, un padre de familia sacando a pasear al ya no tan cachorro, los pavos reales pavoneándose ante los cisnes, aquel señor mayor con boina y bastón que le saluda todas las mañanas. Al enfocar la vista, ve que las escenas son otras, dos jóvenes corriendo con su música, varias parejas haciendo arrumacos donde creen que nadie les puede ver; un grupo de chavales trapicheando con droga; quizás por la noche, las vistas no sean tan idílicas como por la mañana.

El hecho de no poder salir con Jenny era un serio inconveniente, pero ni de largo razón para salir de la empresa; si así hubiera sido, lo hubiera hecho tres años atrás. Era más bien esa indefinición que sobrevuela a su alrededor desde que había llegado a la ciudad, había ido en busca de nuevos proyectos, nuevas experiencias y la ciudad parecía el mejor lugar para empezar, pero no terminaba de encontrarse a sí mismo… y algo le dice que se trata una tarea lo suficientemente difícil para que le lleve el resto de su vida. ¡Una vida entera sin asentarse y estar a gusto consigo mismo! Es algo duro incluso de pensar, le habían educado para tener pareja, hijos, un par de perros y vivir con lo necesario para ser feliz en familia, la supervivencia de la raza disfrazada de comodidad. A día de hoy no tenía nada de eso y aunque en los últimos años había renunciado a ese “sueño”, su vieja educación seguía tirando de él, como un agujero negro de galaxias enteras.

Bucle infinito, lucha constante, pax impuesta a duras penas, negociaciones continuas para definirse y definir su objetivo en la vida; de vez en cuando se hartaba de todo y le entraban ganas de coger lo básico e irse a otro lugar, pero hasta eso era cíclico, había dejado su pueblo para ir a la ciudad, ahora quería dejar la ciudad para volver al pueblo ¿Hasta cuándo iba a estar así? Si se fuera a otro sitio el ciclo continuaría igual, dado que es él quien define el ciclo.

– ¿Y así toda la vida? – pregunta en voz alta, mirando a un cielo oscuro que no devuelve respuesta alguna, nunca lo ha hecho – No, en serio – ya sólo en murmullos – ¿Qué cojones hago con mi vida? Hace 10 minutos he tomado una decisión que me ha liberado y alegrado y ya estoy otra vez comiéndome la cabeza ¡Esto es gula! ¡y es pecado mortal! Vamos a cometer unos pocos más y luego, una vez pasada la resaca, ya pensaré qué hago con mi vida.

Y en ese momento, en su mente aparecieron dos imágenes: la interrumpida Jenny y la nunca finalizada Aina, su novia del pueblo.

– Vale, y en ese “pensaré” no podrá haber mujeres, que visto lo visto si no hay una, no parece que tenga vida.

Ya en la salida del parque, se tropieza con alguien, el golpe hace que se le caiga su mochila y su cigarro.

– Perdona, iba distraído.

– Y hablando solo, síntoma de locura.

Se le queda mirando, le suena vagamente familiar, pantalones vaqueros rotos a la altura de las rodillas, una camiseta a rayas y un pañuelo negro que ha visto muchas veces en la televisión, normalmente asociado a gente que lanza botellas con gasolina, la mochila y el cigarro, una vez más en su boca.

– Si, algo así me dijeron ayer y también me aconsejaron que nunca la pierda.

– Estoy de acuerdo, que sea tu mochila de viaje en el camino de tu vida.

Sus respuestas le sorprenden, por el deje en su voz tampoco es de la ciudad y es posible que ni del país. Como no estar por labor de pensar y menos de hacer juicios de valor decide seguir su camino.

– Ya siento el descuido, feliz viaje.

– Tranquilo, es un momento en mi vida que me ha gustado experimentar y que pienso llevar conmigo en el resto de mi camino – tras lo cual, coge su cigarro, lo mete dentro de su cuaderno, anota algo – Perdona ¿Cómo te llamas?

– Eehhhh Kerthin ¿Y tú? – responde sin saber muy bien que responder al resto de la frase.

– Yo, Noah – Anota el nombre de Kerthin, mira a su alrededor y parece que hace un rápido esbozo.

– Hasta la vista entonces coleccionista de momentos.

– Hasta la vista, hombre de vida distraída.

Sonriendo otra vez, sale del parque, enfila su calle, calle larga y recta, en cuesta arriba, hasta su morada. Por el camino saborea cada último paso, cada escaparate y escena que ve todas las mañanas, pero desde el ángulo contrario; cada esquina, cada tienda, cada kiosco, visto desde el otro lado, desde su nuevo lado; el que se aleja. Caminando piensa qué hacer con Jenny, romper amarras con el pasado o mantener lo mejor de esa época que toca a su fin. Le llama.


01:32

Se separa de Jenny, sus dos cuerpos sudados hacen un pequeño “swwwwup” antes de despegarse. Recuerda con placer la cena, las copas de después y lo que acaba de ocurrir. Se siente feliz, pero no del todo satisfecho.

3:07

Ambos dos se queda dormidos, ya satisfechos.

Un último pensamiento cruza por su cabeza: “Mañana voy a correr al parque, para que todos vean que ya no voy a trabajar”.

Tocata… y fuga!

La vieja furgoneta azul, una pick-up antigua pero no destartalada continua incansable en su trayecto hacia un horizonte lejano. En su interior un concierto de sonidos desacompasados ponen banda sonora a un silencio para nada incómodo: los instrumentos de viento tocan la melodía del aire entrando por la ventanilla de la furgoneta a la par que, los percusionistas, han decidido que era más apropiado tocar el vals del diesel, siempre en sol menor ya que el día amenaza a su fin. Pero todos saben que una orquesta no es tal sin los instrumentos de cuerda, y éstos han decidido hace ya unos cinco mil kilómetros, que debían completar la gran sonata del viajero con esporádicos episodios: solos de correa de transmisión que forman parte del preludio de la ruptura.

Aún y así, los dos únicos espectadores de este atípico concierto mantienen un silencio no-pactado pero bastante sostenible. El conductor, atento a una carretera aún polvorienta, que evoluciona a mejor en su recorrido hacia el horizonte cada vez menos lejano, no lamenta haber parado para recoger a una cara desconocida. Siempre se viaja mejor en compañía.

La compañía escrutina el destino,  esta vez bastante cierto, al que se ha sometido sin saber con exactitud por qué. Su mirada perdida en el horizonte, vislumbra ciertos destellos del futuro que eligió en el momento que decidió alzar un pulgar. Quizá no hubiese escogido tanto como el destino le escogió, quizá todo estaba escrito hace ya muchos siglos en un pedazo de papel de cuaderno que vuela mecido por la brisa y el viento sin descanso entre generaciones y generaciones de viajeros que optaron en algún momento por no pensar. O quizá, simplemente, lo único que buscaba era dormir en una cama e interaccionar con iguales. Independientemente de las razones, había movido pieza y ahora sólo quedaba esperar a la siguiente jugada de un adversario a quien no puede ver.

Entre tanta divagación interna, su mirada se topó con su reflejo en la parte de la ventanilla que aún se muestra visible y cayó en la cuenta que hacía ya semanas que sólo era capaz de recordarse tal y como era por medio de su reflejo distorsionado en ríos o fuentes, donde la imagen se deforma en medio de las ondas acuáticas. Es difícil verse la cara con tranquilidad cuando tienes menos de cinco minutos para lavarte en una fuente si no quieres someterte a cargos penales por escándalo público, el agua está helada, o un ejercicio de autocontemplación puede acarrearte la privación de una de las comidas del día. O la única.

No parece que haya cambiado demasiado, sus ojos aún mantienen aquel destello, difícil de distinguir cuando no se mira de cerca; su pelo, más largo de lo habitual pero aún lejos de su récord personal de longitud, sigue manteniendo esa molesta capacidad de cegarle en el momento menos pensado, aún cuando la fuerza del empeño le ha permitido acostumbrarse. Pese al paso del tiempo, ridículo en comparación con la edad de su compañero transitorio de viaje y chófer improvisado, sigue manteniendo una cara muy parecida a la que tuvo, y aún retiene. Quizá ésta este algo más ajada por una reciente y creciente exposición a la intemperie, pero no llega a perder para nada esa esencia por la cual la gente es capaz de reconocer a alguien aún tras el paso de cierto tiempo.

Cara de no haber roto un plato – le decían – baby face – le dejaron caer alguna vez en uno de tantos típicos episodios que preceden a ese absurdo protocolo social por el cual todo el mundo te acaba preguntando la edad con el objetivo de marcarte un rasero de medida social, con la intención de evaluarte en base a parámetros de una cosmovisión variable en función de criterios geográficos o simplemente como un formalismo absurdo orientado a evitar un silencio que tienen un valor único, irrepetible. ¡Pobre silencio incomprendido!

Ciertamente el silencio era un fenómeno incomprendido: el éxito social parecía estar estrechamente relacionado con las palabras, con la verborrea incontenida de algunos individuos; el carisma se valoraba o detectaba en aquellas personas que cumplían ciertas pautas y conseguían ciertos efectos colaterales en el desempeño de sus funciones comunicativas (las verbales, claro); el don de gentes se imponía a la, tantas veces mal llamada, timidez en una escala de valores social corrupta por aquellos modelos de desarrollo personal que no incluían factores tales como la reflexión, la paciencia y la analítica. En definitiva, parecía ser que el silencio era algo a evitar. Por eso apreciaba a su compañía de viaje – aparte de por haberle recogido de un lugar en medio de ninguna parte – porque además de haberle recogido no hizo preguntas, no interrogó, no trató de definir si a quien había recogido podría resultar ser alguien capaz de realizar asesinatos en serie, robos con violencia, violaciones (y no precisamente del código penal), o algún otro crimen del estilo. Como por ejemplo la venta ambulante de cedés transportados en las mundialmente reconocidas como peligrosas, mantas.

Por eso se encontraba a gusto, por eso no se bajaría del coche en el momento en que su otrora desconocido ahora compañero de viaje abriese la boca para decir alguna sandez. Acababa de demostrar su capacidad para, al menos, respetar el silencio lo cual ya de por sí le daba autoridad para decir sandeces. No cualquier tipo de sandez, pero sí al menos las consideradas como estándar.  Y eso le honraba.

Mientras pensaba esto dejó de mirar a través de la ventana y comenzó a aterrizar en la peculiar realidad dentro de la furgoneta azul, y ahí entre retales de antigüedad y marcas del paso de los años se dio cuenta de cómo su bienamado silencio quedaba en entre dicho. Bueno, así como la paz no es tan sólo la ausencia de guerra, quedaba claro que el silencio no es la ausencia de sonido… y ante tan auténtica situación no le quedo otra que sonreír.

Y el conductor le devolvió la sonrisa.

–      ¿Ya has aterrizado o aún sigues buscando estrellas durante el día? – le dijo el conductor

–      Más o menos – le espetó – por cierto, igual ya te lo he dicho, pero gracias por el viaje y la animada conversación

–      Jeje, de nada! Supuse que estarías disfrutando del gran concierto de la orquesta filarmónica de la Pick-Up. Me ha llevado años de arreglos melódicos… o de falta de ellos

–      Jajajajajajajajajajaja

–      Um! Interesante, no es una risa forzada, por lo que veo que ya habías caído en la cuenta de ello. Y por cierto, un aviso: nunca te fíes de la gente que se ríe con la ‘i’

–      Si, soy alguien que tiende a valorar el silencio

–      Fina ironía. Por cierto! Aún no lo sabes, pero vas a ser parte de mi familia

–      ¿Ein? Y claro, supongo ahora te reirás con la ‘i’ ¿no?

–      Bueno, creo que hay ciertas cosas que te conviene conocer…

Y así fue cómo el silencio se fusionó con la charla y la música ganó, al fin, el elemento melódico que el director llevaba tiempo buscando: un dueto de voces amateur que se imponían como los solistas que todo el mundo echa de menos en una pieza instrumental.

– Imagen:

“1959 Ford F-100 Pick-up Truck”, de ppolgar

Un reflejo de un sol naranja se posa sobre los cristales de sus gafas, rebotando sobre la pantalla, el reflejo se recrea jugando con los gráficos y sus colores, saltando entre pirámides, círculos y grandes letras. Mientras mueve su cara, el reflejo naranja le sigue el juego, permitiendole pintar con su mirada como si fuera un hijo del Dios Sol.

Una vez leí que el hombre moderno se pierde los grandes placeres que la madre naturaleza nos regala a la humanidad, cuando lo leí, le dí la razón; hoy me parece que aquella persona era un imbécil. No necesito escalar hasta la cumbre de una montaña para ver un atardecer.

Sonriendo, se levanta y con el reflejo plácidamente tumbado en el cristal se deja guiar, hasta un gran ventanal, desde los 120 metros de altura se domina toda la ciudad; el reflejo se va haciendo cada vez más grande según se acerca, se yergue y orgulloso saluda a su padre.

Me basta con acercarme a la ventana y lo puedo ver, sin el esfuerzo de subir, el frío de la cima y con todas las comodidades del “hombre moderno”. Y la belleza de este instante es la misma, quizás estemos en lugares diferentes, pero vemos el mismo sol, la misma puesta de sol, los mismos colores naranjas.

El reflejo poco a poco va languideciendo, cansado ya después de un largo día jugando por toda la ciudad, hasta que con un “clinc” desaparece para irse a domir… o quizás a otra parte del mundo a seguir jugando eternamente.

Y ahora a esa persona le tocará descender, rápidamente porque se hace de noche, con los peligros que ello conlleva; yo sin embargo, puedo coger el ascensor y después el metro y MAGIA estoy en casa. En fin, lo importante es participar que diría aquel.

A su alrededor ya no queda nadie, sólo él, hasta sus jefes se han ido a su casa. El rey de la montaña de cristal y acero. Se sienta en su silla, medita y decide hacer algo que sólo el el moderno rey de la montaña puede hacer.

Vienna

YuuuuuuuuuuuuuuuuuuHUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU

Impulsa con más fuerza su silla mientras va volando entre los cubículos, a través del pasillo, hacia el ascensor.

ÁBRETE ASCENSOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOR Y LLÉVAME A LA LIBERTAD DEL MUNDO EXTERIOR.

Cierra con fuerza sus ojos y desea con todas sus fuerzas que el ascensor se abra para él. DING La puerta se abre y él entra con su montura en el ascensor.

– Trabajando hasta tarde, Kerthin.

– Eh… hola, si Señor Presidente… pero cómo ve ya me iba.

El Señor Presidente sonríe y cierra los ojos, por un momento se evade y piensa que es él quién está volviendo a utilizar la silla como su caballo, cabalgando en búsqueda de damas que rescatar ¡que tiempos aquellos!

– Sabe Kerthin – aún con los ojos cerrados – esto no sé si le gustará o no, pero usted me recuerda a mi con su edad: Joven, brillante, trabajador, esforzado y con un poquito de locura cuando las circunstancias se lo permiten. ¡No pierda eso nunca, Kerthin! Dejará de ser joven, encontrará gente más brillante, más trabajadora y que se esfuerce más que usted; pero en este mundo en el que vivimos, nunca encontrará gente con ese ápice de locura que le hace utilizar la silla como coche de carreras, plantarse en una reunión con la Junta Directiva y recomendarles que se jubilen.

No, ni se le ocurra pedir perdón por ello – le corta a Kerthin – Nos ha hecho reflexionar un largo rato y yo estoy totalmente de acuerdo con usted, ya va siendo hora de ver que mi hijita es toda una mujer a punto de terminar su carrera y empezar a trabajar, ya va siendo hora de que mi mujer y yo nos regalemos más que unos pocos días de vacaciones en Paradores de Lujo, sino un par de meses en un apartamento en alguna playa remota. Toda la vida luchando por tener los mejores recursos, me ha hecho perderme los mejores momentos.

– Señor, no estoy de acuerdo con usted. Quizás ya no tenga la fuerza de la juventud, pero ahora usted es más sabio y ha aprendido a valorar y saborear cada instante de felicidad y tristeza.

– Jajajaja Tiene usted mucha razón y veo que hoy es el día en el que usted me da lecciones a mi y se lo agradezco.

– Un placer Señor Presidente.

– Llámame Jon, si Jon, un nombre la mar de corriente y normal ¿O acaso te crees que mi madre me puso Señor Presidente de nombre?.

– No Señ… Jon, es más, sabía su nombre pero es la primera vez que lo oigo en boca de alguien. Me alegro que haya sido de la suya.

DING

– Me imagino que volverás a subir a por tu chaqueta y el resto de tus pertenencias.

– Ah…. si, es posible.

– Recógelas y vete de fiesta, mañana no vengas hasta la tarde. Si alguien te dice algo, diles que Jon te lo ha dicho. ¡Ah! Y permíteme que te de un consejo de sabio anciano: Valora y saborea cada día de tu vida, desde hoy mismo.

– Muchas gracias Jon y feliz noche.

– A ti Kerthin, larga vida y prosperidad.

Vuelve a pulsar el botón de la planta 47, sentado en su montura sonríe cada vez más. No sólo puede disfrutar de los placeres de la naturaleza, sino que además tiene la capacidad para hacer la vida de la gente cercana un poquito mejor.

¿La gente cercana? Pero si es el Señor Presidente, bueno, Jon para los íntimos jejejeje y para los trekkies jajajaja. Marchando una de caso para el Señor… para Jon.

Y así fue que Kerthin cogió sus bártulos y se marchó de fiesta.

Y así fue que Kerthin se levantó al mediodía del día siguiente, comió y se fue a trabajar.

Y así fue que abrió su correo, terminó una nueva presentación, leyó el periódico, los mensajes de las redes sociales y habló con su compañeros durante el café.

Y así fue que se volvió a sentar y recibió un correo muy personal.

17:00

Jon deja la firma.

Una vereda marca el camino hacia ninguna parte. A un lado el más absoluto infinito de unidades de distancia permite observar un fecundo paisaje de tonos verduzcos, rojizos y amarillentos. La naturaleza viva en su máxima expresión permite admirar la inmensa riqueza de un mosaico de infinitos matices, un tapiz colgado de la misma línea del horizonte visible. Y al final de la misma, justo en el costado yace inmensa una majestuosa secuoya, altiva, eterna. La interminable forma arbórea parece abrazar el cielo con sus raíces verdes invertidas, extendiéndose desde el infinito azul, poblado de esos trazos blancos surrealistas que son las nubes, hasta ese techo de tierra y hierba que hace tiempo que traspasó en su imparable crecimiento. La sombra, kilométrica, aporta un abstracto cobijo a una jauría de incontables especies, un ecosistema concentrado en la ausencia de luz de incidencia directa que abarca, desde organismos de escala picométrica hasta seres vivos en escalas homínidas.

Y allá donde la vida se torna menos viva, donde se cultivan los diversos miedos de multitud de culturas, donde la sombra intercepta el final de la vereda, se vislumbran unos pies descalzos que disfrutan del oasis que representa el contacto directo con la hierba fresca. Una botas de monte furtivamente abandonadas en un lateral, desgastadas no por el paso de los años sino por los años de pasos delimitan un territorio de autonomía temporal donde bien se podría reclamar la república de la libertad y los sueños. Sueños pintados en un cuaderno con un viejo portaminas de punta metálica que se mueve a trazos rápidos sobre el papel amarillento debido a los reflejos de los rayos de sol que no ha sufrido difracción alguna en la atmósfera.

Trazos rápidos al principio; como de quien tacha un error con rabia. Trazos cortos, más dubitativos posteriormente; como de quien aún no se está permitiendo la licencia de la creatividad y aún racionaliza en exceso sus siguientes movimientos de muñeca. Y trazos suaves finalmente, firmes y decididos; de quien ya por fin supera los frenos iniciales y permite a su vida interior tomar posesión de su cuerpo exterior para dar forma a aquello que realmente tiene tras las múltiples barreras y filtros de lo socialmente aceptado y la lógica contemporánea. Ahí por fin, se muestra Atreyu dibujando el mapa de salida al templo de las mil puertas. Y es en ese preciso momento en el que el portaminas parece acelerarse y tomar vida propia, seguro de sí mismo, rápido y certero para crear formas más allá de puntos y líneas y entresacar la imagen que yace escondida en la bidimensionalidad infinita del papel en blanco… y es así como finalmente, tras rebasar el momento cúlmen de inspiración, el ritmo vuelve a bajar tan sólo para pulir ciertos detalles, pongamos que más artísticos y dar por terminada la predicción proyectada sobre una bola de cristal achatada y opaca.

Deja el cuaderno sobre la hierba y se enciende un cigarro. Bueno, o eso se puede deducir al menos tras escucharse el sonido de mechero y la bocanada de humo que acto seguido decide formar una corona informe sobre los pies descalzos. El crujir de la madera de secuoya, que no es más que el típico crujir de madera pero de unas dimensiones descomunales, podría indicar que alguien se ha recostado sobre el inmenso ser vivo inanimado, seguramente para disfrutar de un momento de reflexión a la luz de la escena reflejada en la hoja de papel de cuaderno.

Y ahí, en esa medida de tiempo no inventada, infinitesimal y casi inexistente, que separa un instante del siguiente, una bombilla se ilumina en alguna parte y provoca un caos que tiende a anular la armonía reinante hasta el momento. Y es así como se empieza a movilizar provocando la revolución dentro del ecosistema que la sombra perfectamente ha balanceado. Reduce el perímetro de su efimera república de los sueños al acercarse las botas y empezar a calzarse y comienza a recoger toda su vida caracoliana esparcida en un espacio limitado por unos metros de anchura de la secuoya. Ya con las botas de montaña ejerciendo su labor de hacer palanca para que el mundo gire a sus pies se pone en pié y abre la mochila en la que empieza a guardar cuidadosamente debido a una falta alarmante de espacio todas sus pertenencias. Una a una las va observando detenidamente y, con sumo cuidado, las va ubicando en su sitio exacto y estrátegicamente seleccionado para darle, en función de su necesidad un lugar privilegiado: arriba las pertenencias más necesarias y las que probablemente vaya a utilizar en un lapso menor de tiempo, en medio aquello menos inmediato y al fondo del todo esa especie de cajón de sastre donde la gravedad, los autoengaños y la necesidad ficticia de no desligarse de su pasado han ido acumulando un sin fín de objetos de dudosa utilidad práctica.

Y finalmente, el cuaderno. Lo cierra, lo envuelve para protegerlo de posibles aunque poco probables inclemencias meteorológicas y lo introduce en el bolsillo superior de la mochila junto a un pequeño… llamémosle estuche dada su utilidad aunque a nivel formal hace ya mucho, mucho tiempo que perdio cualquier parecido con uno. Si es que alguna vez llegó a tenerlo. Cierra la mochila empleando la tapa superior y justo cuando va a cerrar y asegurar los amarres parece darse cuenta de una cosa… Vuelve a abrir, accede al cuaderno, rasga la última hoja y la deja sobre la raíz de la gran secuoya… “¡Toma!” piensa para su interior, “te devuelvo lo que otros te robaron de algun familiar más o menos cercano. Sé que no sirve de mucho, pero… ¡Feliz Día de la Tierra!”

Y así comienza a caminar hacia el final de la vereda, allá donde termina para fundirse con un camino algo más transitado y al que, una vez que se ha llegado, permite abrir el plano de visión dejando entrever el aparentemente dantesco y obligado punto de paso. Alza la vista, mirando hacia el horizonte y un destello de determinación cruza su mirada justo antes de pasarse la mano por la cara y aprovechando para reubicarse su mechón de pelo, que no tardará mas de dos minutos y medio antes de volver a su posición natural tapándole uno de sus ojos. Respira profundamente, se enciende otro cigarrillo y se dispone a emprender la marcha cuando, a lo lejos, escucha un ruido de motor. Se gira y descubre una nube de polvo que avanza a un ritmo más o menos constante hacia su posición. Decide esperar mientras termina de fumar. La furgoneta azul, una pick-up antigua pero no destartalada se aproxima y cuando se establece el contacto visual entre conductor y transeunte, un gesto con un pulgar hacia arriba lo comunica todo. El coche reduce la velocidad para detenerse justo al lado.

– ¿Te puedo llevar?

– Si, por favor

– ¿A dónde? ¿Al centro?

– No es necesario, con que me dejes en la entrada vale.

– ¡Sube!

Y así es como la nube de polvo contínua su trayecto hacia el horizonte. Esta amaneciendo y el vacío de aire que la pick-up deja a su paso genera un viento que remueve todos los alrededores… ¿Y que depara el horizonte para aquellos que siguen el único camino que conduce hasta él? Pues allá en la lejanía, donde el cielo se funde con la tierra en una línea aparentemente recta yace uno de los lugares más fabulosos que alguien pudiera imaginar… una gran ciudad, una metrópolis que representa tanto los sueños de millones de personas como las pesadillas de esa viejuca Pacha Mama que trata, un año más de sobrevivir a otro cumpleaños. ¿Y sabéis que es lo mejor de todo? Que pese a la gran magnificiencia de un lugar así, aún es posible desde la distancia meter a una gran megápolis en un trozo de papel… y, hacer que, con el viento… se pierda en el olvido…

Imagen:

1- “New York skyline… closer”, de World of Gopher

Se oyen los ruidos del tráfico, el fax imprimiendo, las secretarías atendiendo llamadas, las voces de sus compañeros, la canción que habla de él en la radio “I’m an alien I’m a legal alien” y ante él la pantalla del portátil, una hoja digital en blanco a la espera de que le haga perder su virginidad con letras, números y gráficos, bonitos gráficos para números feos. De eso trata su trabajo, convertir hojas en blanco en cuadros, para luego presentárselas a alguien, que le hará cambios, tras los cuales se las presentará (algunas veces le toca a él hacerlo) a unos terceros que tomaran decisiones, grandes decisiones. ¡Es un artista, que pinta un lienzo con tinta digital!

– Kerthin – le saca de su pensamientos la secretaria del Presidente – te llaman de la Junta Directiva – lo dice con mayúsculas, como lo ve escrito por toda partes.

– Muchas gracias Mery – hace una pausa para respirar – voy para allí – a la planta noble.
De camino al ascensor, aún con la canción en la cabeza “If, ‘Manners maketh man’ as someone said / Then he’s the hero of the day”, coge un poco de agua, agua de marca en vaso de plástico; y empieza a pensar en la paradoja que eso supone, lo que sea para no pensar que esta vez le ha tocado él bailar con la más rica y noble del lugar.

Al llegar al ascensor se encuentra con Jenny, se sonríen, sonrisas cómplices de quienes han compartido algo más que horas de trabajo. Ella fue con quién rompió aquella regla no escrita que dice “Donde tengas la olla, no metas la…” DING! Se abren las puertas, por señas le dice que baja, él le responde que sube, también por señas. Desde que terminó su “ilícita” relación no han vuelto a cruzar palabra, sólo gestos, sonrisas y miradas; desafiándose mutuamente para que el otro sea el primero en hablar y dejar la empresa y así poder tener una relación completa, sana y conocida por todos. “It takes a man to suffer ignorance and smile / Be yourself no matter what they say”

Por fin llega a las puertas de la Sala del Consejo de Junta Directiva, las letras en plateado sobre madera caoba oscura, sin demostrar ostentación sino que seriedad y profesionalidad. Sabe que cuando abra esas puertas el panorama será humo intenso, olor a cigarros y café, migajas de pastas y botellas de cristal ya sin agua. El panorama de las grandes decisiones. Y les faltará el bonito gráfico, el que lleva en su pendrive y en hojas impresas con todos los colores corporativos.

Llama a la puerta y la abre suavemente, es la manera de pedir permiso y dar tiempo a que todos sean conscientes de que alguien entra en la sala, alguien ajeno a ellos.

Al entrar, se queda quieto, sorprendido, todos con chaqueta, las corbatas bien anudadas y bien apretadas; todos le miran, no hay humo, ni cafés, ni olor a tabaco. El ambiente es tenso.

– Buenos días Kerthin, por favor, pasa y siéntate – le invita el Presidente – Te hemos llamado para que nos deslumbres con esos cuadros que nos suelen iluminar el camino – no usa la jerga empresarial, sino una más, a su manera, poética, eso también le sorprende.

– Buenos días caballeros – les responde con voz trémula, no se acostumbra a hablar ante ellos – les he traído los datos que me solicitaron, respecto de las posibles tendencias futuras del market de los commodities, en las cuales les he incluido nuestros prototipos; así como los productos de la competencia y los productos sustitutivos que desde Market Intelligence entienden que deberíamos vigilar de cerca.

Les pasa a cada uno de ellos la transparencia (slide según su anterior jefe), mientras la proyecta en la pared blanca. Se vuelve a sentir como un artista en el día de la inauguración, aunque esta vez sin alabanzas. Mal pintan las cosas.

– Gracias Kerthin – responde el CFO (Chief Financial Officer) – ¿Qué crees que deberíamos hacer?

Kerthin se le queda mirando sin comprender, parece que el comprador le está pidiendo su opinión sobre qué tiene que hacer con el cuadro… Y la única respuesta que podría darle “cuélgalo de una pared blanca, vacía”. “Modesty, propriety can lead to notoriety / You could end up as the only one”

– No le estoy entendiendo bien ¿Qué podríamos hacer con respecto a qué?

– Respecto al futuro de esta organización – interviene el Market & Products & Placements Manager.

En ese momento empieza a unir los puntos, como en los dibujos infantiles, y acaba viendo el perro, un perro viejo, con moscas revoloteando. Ese perro que pertenece a una matriz, que según su profesor del MBA es sinónimo de coger la escopeta y pegarle un piadoso tiro en la nuca. Se da cuenta que esa es su empresa y así lo dice su gráfica, la competencia tiene productos estrella o productos muy rentables, pero ellos sólo tienen productos obsoletos y dos proyectos que son completas incógnitas en mercados copados por la competencia. Se han quedado atrás en la carrera. “Takes more than combat gear to make a man / Takes more than a license for a gun”

De repente, esos hombres tan serios e importantes le parecen los entrañables viejecitos del parque, que dando de comer a las palomas sólo saben hablar de tiempos pasados, más sencillos, de cuando la gente vivía en familia.

Un pensamiento cruel le pasa por la mente, ellos cambiaron aquella sociedad apacible a la feroz competencia que es hoy; pero no es cierto, no fueron ellos, lo hemos hecho entre todos, con nuestras gráficas, nuestra subidas de precios a clientes y bajadas a proveedores, nuestros cambios de residencias del barrio a la urbanización con garaje y piscina, nuestro querer que los hijos vayan a la universidad o hagan ese oficio en el cual van a ganar más dinero.

Piensa en esa transparencia, esa en la que cada uno vería los verdaderos causantes del cambio, en vez de echar las culpas a la economía, la globalización, el capitalismo o los políticos. “Gentleness, sobriety are rare in this society / At night a candle’s brighter than the sun”.

Pero baja a la tierra, les vuelve a mirar. Realmente esperan una respuesta, una que no esté en esa gráfica. Y la conoce.

– Creo…. – ojos tristes le miran, ellos saben la respuesta – creo que deberían contratar a un nuevo equipo de gestión, venderles la empresa e irse a sus casas con sus mujeres y familia y disfrutar de la vida. “Confront your enemies, avoid them when you can / A gentleman will walk but never run”.

Algunos sonríen esperanzados, los menos; otro se entristecen aún más, por el camino han ido perdiendo a mujeres y familia, no todos pueden pagar el peaje del camino a Ambición.